Adiós al Amigo

Martes, 26 de mayo de 2015
El sábado 23 de mayo, cerca de las 2 de la tarde, se nos fue un gran amigo. Marcelo Murano la peleó como un titán, pero la maldita leucemia se lo llevó sin lograr sacarle la sonrisa de su boca. Un tipo querido y que nos deja un asiento vacío que nunca podrá llenar “la llegada de otro amigo”.

Tristeza, dolor, bronca, indignación, injusticia, rabia, impotencia. Mil adjetivos podríamos utilizar (justo nosotros que somos enemigos de las adjetivaciones rimbombantes), para poder entender el estado de ánimo que uno tiene ante la noticia que nos demolió este fin de semana. Se nos fue uno de los mejores amigos que nos legó el periodismo, un tipo bonachón, siempre sonriente, dispuesto a ayudar, al que jamás vimos enojado, un leal amigo y persona cabal. No podemos menos que escribir esta nota sin derramar más de una lágrima. No pudimos escribirla antes y si fuera un discurso, ya estaríamos sollozando sin terminar todo lo que tenemos para decir de Marcelo.

Mil preguntas también se nos presentan y no tienen respuestas. ¿Por qué la gente buena se muere de cáncer? Tanto hijo de puta suelto y le toca al que menos lo merece. ¿Si hay una justicia divina dónde está? Porque no le puedo encontrar.

No puedo menos que hablar en primera persona, porque es necesario contar la experiencia personal, para entender mejor por qué hoy tenemos un nudo en la garganta y una bronca que ni el paso del tiempo podrá atenuar. Mi amistad con Marcelo no fue muy larga, ha sido una amistad del Siglo XXI. Pero la cantidad no puede ni debe empañar la calidad. Lo conocí despuntando el nuevo siglo en un viaje a Cafayate, invitados por la Bodega Etchart. Justo ese lugar que para mí es como una segunda casa, un lugar en el mundo. Ni sabía por entonces que Marcelo había comprado la Revista Vinos y Sabores. Antes había sido gerente en Cuisine & Vins; también había tenido una emisora de radio en la costa, Estación Marina.

Por eso de que “Dios los cría y ellos se juntan”, iniciamos ahí mismo una amistad férrea, indestructible. Noto que fue así por la forma en que me trata su familia (Myriam, Franco y Lucía), por la manera en que muchos me dejaron el pésame como si yo fuera su hermano. Sí que los fuimos, no de sangre, pero sí del alma.

Pocos días pasaron hasta que mi firma comenzara a aparecer en Vinos y Sabores. Mil veces Marcelo me pedía que le dejara la factura por mis honorarios. Repito lo que he dicho infinidad de veces: “yo no le puedo cobrar a un amigo”. Y menos a este amigo en particular, un hermano. Pero con su habitual generosidad siempre se encargaba de que hubiera una forma de compensarlo.

Marcelo Murano incursionó en el periodismo a través de la emisora radial Estación Marina, en Pinamar, y en Cuisine & Vins. Nosotros lo conocimos cuando compró Vinos & Sabores, la revista que dejó como legado a nuestra gastronomía.

Nos hicimos inseparables. Todos los colegas habrán visto que siempre nos sentábamos juntos, que llegábamos y nos íbamos juntos. Que por mi culpa, Marcelo dejó de ser impuntual porque a mí no me gustaba nada llegar tarde. Cientos de viajes. Anécdotas para contar hay muchas. Como aquella vez en Mendoza, cuando se quedó dormido y yo me di cuenta de que Marcelo no estaba en el ómnibus cuando ya habíamos salido para una bodega. Mientras yo lo llamaba al celular, Cali fue a decirle al chofer que regresara al hotel. Alguien se enojó, pero si Marcelo no iba, yo tampoco, me hubiera bajado ahí mismo.

Cuando nació Fondo de Olla hace cinco años, él nos dio el impulso necesario para que el proyecto se hiciera realidad. Luego fue el único que tuvo huevos para publicar nuestras notas en Vinos y Sabores. Por eso es tanta la bronca que se nos fue acumulando durante estos casi dos años de sufrimiento, en los que Marcelo la peleó como un león y nos dejó una enseñanza a todos los que a veces nos hacemos mala sangre por una boludez.

Basta ver la cantidad de gente que acudió al Cementerio de la Chacarita este domingo, para darse cuenta de todo lo que lo querían. En ese mundo del rugby que era su pasión, cientos de amigos de GEBA y del deporte que tanto amó, menos tal vez de los que lo conocimos de la gastronomía, pero todos con un enorme pesar. Eso fue Marcelo, un amigo de verdad, respetado y valorado por ser una buena persona. A quien toda mi familia trató de la misma manera que yo a la suya, si al fin y al cabo éramos como de la familia.

Nos quedamos con lo que nos dijo Franco, en medio del dolor que significa perder a un padre: “estamos tranquilos porque papá la peleó sin claudicar, es un ejemplo para nosotros”. Quise ilustrar esta nota con fotos de un momento compartido en El Calafate, donde concurrimos a una feria de vinos. Y sepan que no me gusta aparecer en las fotos. Pero quiero que aquellos que lean estas líneas emocionadas, nos vean juntos como ésa y tantas veces. Alzo la copa para brindar por Marcelo Murano, querido amigo al que jamás olvidaremos.
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