Una inmersión en la cantina que mejor traduce el espíritu del Chinatown neoyorquino, en Buenos Aires. Entre vajilla tradicional y recetas que son pilares de la cocina china-americana, recorremos una experiencia donde el diseño y el sabor conviven en un equilibrio poco común.
Tony Wu- Dirección: Loyola 851, Villa Crespo. Teléfono: 011 78415764 - Horarios: todos los días de 12:00 a 16:00 y de 19:00 a 00:00. IG: @tonywu_cantinachina
Capturar la estética de Tony Wu sin el ruido del salón lleno, requiere puntualidad. Por eso, el lunes al mediodía estuvimos ahí, listos para comprobar si todo lo que veníamos viendo en redes era tan real como parece.
Lo que encontramos, fue una atmósfera con una carga sensorial que va mucho más allá de lo visual: un espacio que marcó un quiebre en la zona de Villa Crespo hace poco más de dos años y que hoy se consolida como el proyecto donde Thomas Nguyen y José Delgado -responsables también de éxitos como Cang Tin y Yakinilo-, apuestan por una cantina china moderna que respira el aire del Chinatown neoyorquino de los ‘80.
Lo mejor es que la propuesta no cambia por el horario: la carta es exactamente la misma que de noche, sin menú ejecutivo ni versiones reducidas.
Puertas adentro, la insonorización genera un aislamiento inmediato de la vereda de Loyola; el ruido se apaga para cederle el lugar a un entorno que, bajo la claridad del día, exhibe su costado más cromático, sin perder esa energía que de noche se vuelve fiesta.
Lo primero que nos detuvo en el trayecto a la mesa, fue la vitrina: los patos y pollos laqueados colgando frente a la cocina abierta.
Como peruana, tanto esa imagen como la colorida pecera, me conectaron con una nostalgia inmediata: esos códigos estéticos del chifa, que forman parte de mi ADN.
Sin embargo, más allá de mi asociación personal, la identidad de Tony Wu corre por otro carril: es una visión que defiende con autoridad la cocina china-americana. Es en ese espectro de sabores intensos, donde mis recuerdos de infancia encuentran un diálogo inesperado con una narrativa gastronómica absolutamente contemporánea.
En la mesa nos recibió Nico, quien acompaña los proyectos del grupo desde sus inicios y maneja el salón con esa soltura profesional que te hace sentir entre amigos.
Su presencia fue clave para navegar la carta: nos explicó la dinámica de los platos -diseñados íntegramente para compartir-, y nos sugirió cómo equilibrar el pedido para recorrer la mayor variedad de perfiles posible.
Siguiendo su recomendación, decidimos iniciar la experiencia con la coctelería de autor. Nada aquí es azar: la decoración, los posters y homenajes visuales, encuentran su eco en las copas. No es un detalle menor que el espacio haya sido elegido para el lanzamiento oficial de la serie Blossoms Shanghai; ese vínculo confirma que la obra de Wong Kar-wai es el núcleo de toda su identidad.
Los tragos traducen ese lenguaje escénico, donde el uso dramático del color se muda al cristal. Elegimos el Szechuan Highball y el Purpure Shanghai, cocktails con carácter, que terminan de configurar esa escena de película y calibran el registro gustativo mientras esperábamos los primeros bocados.
La llegada de los platos iniciales, o Dim Sum, confirmó que en Tony Wu la primera impresión es solo el preámbulo de una técnica sumamente rigurosa. El encuentro con el Jing Sui Dan fue un desafío perceptivo: ante mis ojos tenía lo que parecía un flan en su forma más lograda, con la arquitectura de un postre de vitrina.
Sin embargo, al primer bocado, esa ilusión se transformó en una explosión de umami. Es literalmente, un flan salado de huevo al vapor de una sedosidad absoluta, cuya suavidad contrasta con los hongos laminados y la hoja de cilantro que lo coronan, aportando texturas y frescura a una base de soja y aceite de sésamo.
Es ese tipo de confort que solo se logra con un dominio milimétrico del calor; una sorpresa que desarma cualquier prejuicio.
Casi en simultáneo, la mesa sumó el zhnglóng, ese contenedor de bambú que permite una cocción por vaporización circular, preservando la integridad de los ingredientes. Al levantar la tapa, los Shumai de langostinos y cerdo revelaron su estructura: una masa fina que resguarda un relleno donde el dulzor del mar y la jugosidad de la tierra conviven en equilibrio, con un punto picante fugaz que termina de definir cada bocado.
Es un pase que exige respeto por el producto, donde la simpleza del método resalta la complejidad del sabor, confirmando que en esta cocina impera una coherencia absoluta. Vienen 6 y son muy contundentes. En ese momento, ya era más que feliz.
Con los platos principales en mesa, optamos por su selección de vinos por copa; en este caso, un Malbec que aportó el sostén necesario para lo que venía. Fue en ese momento, cuando la vajilla me volvió a llamar la atención.
Y es que hay que hacer un paréntesis aquí: sostener la Tiáogng -la tradicional cuchara de porcelana- no es solo un gesto funcional; es meterse de lleno en el ritual.
Me emocionan estos detalles, porque ahí está el respeto real por la cultura que se está probando. Cuando un lugar te propone conocer una gastronomía, el entorno te tiene que empujar en esa dirección; en Tony Wu cada pieza tiene una razón de ser.
Esa seguridad aparece también en el Mongolian Beef. Aunque el nombre confunda, es una creación y uno de los pilares de la cocina china-americana que se apoya en el sabor del jengibre, el ajo y la cebollita de verdeo.
Me habían llegado muy buenos comentarios sobre esta versión en particular, y confirmar esa fama fue un acierto: la carne es impecable. Lo acompañamos con los baos, esos panecitos al vapor que son como nubes blancas; usarlos para armar un bocado y aprovechar cada gota de la salsa es la mejor forma de comerlo.
El Cerdo General Tso, es toda una historia aparte. Se dice que lo inventó un chef en los años ‘50 y terminó siendo el plato más famoso de los Estados Unidos porque tiene ese equilibrio adictivo entre lo crocante, lo picante y lo dulce.
Para acompañar tanta intensidad, el Arroz Fortuna fue el aliado necesario. Es un arroz blanco, simple y aireado, que en este contexto sirve para "bajar" el fuego de los condimentos y que la mesa no se vuelva un caos de sabores, sino algo redondo. Demás está decir que, como amantes acérrimos del picante, nos encantó.
La mesa se completó con dos opciones que muestran el lado más dulce del lugar. Primero llegaron los mochis, con esa textura elástica y suave que ya es un sello de la casa.
Pero el gran hallazgo fue la reversión de la torta Tres Leches: una interpretación donde el mango y las perlas de tapioca le dan una frescura tropical, que cambia totalmente el concepto del postre tradicional.
Los cubitos de fruta fresca la hacen muy liviana, ideal para terminar un recorrido de sabores tan potentes sin saturar. Este último postre confirmó nuestra impresión: en Tony Wu la identidad es sólida desde el primer trago hasta el detalle final.
Salir de esta cantina china cuando el mediodía ya promedia, es como bajar el telón de una obra perfectamente coreografiada. La apuesta de Thomas y José logra algo difícil: un espacio donde el diseño no devora al contenido.
Aquí, la nostalgia de las vitrinas y la precisión de la Tiáogng no son adornos, sino guiños que te trasladan a ese imaginario del Chinatown neoyorquino. Nos fuimos con la convicción de que este sector de Villa Crespo defiende con autoridad un planteo china-americano de un oficio excepcional, ofreciendo una inmersión genuina
Esta fue la experiencia en el Tony Wu de mediodía; nos retiramos con la gratitud de haber encontrado un relato coherente, pero con las ganas de explorar su otra cara. Queda pendiente volver para conocer la versión nocturna de esta cantina, y ver cómo se transforma esa misma mística bajo las luces de la noche.
Y volvimos después de seis meses. Dicen que segundas partes no son buenas, pero evidentemente éste no es el caso. Que lo que sorprende la primera vez, rara vez se repite (tampoco ocurrió en esta nueva visita a Bravado). Lo que cambió es que fuimos de noche. Por otra parte, la cocina de Mariano Szatma Szotan volvió a sorprendernos, pese a que no hubo grandes cambios en el menú (nos dijo el chef que pronto habrá varias novedades). Ciertamente, Bravado nos parece una grata revelación el año pasado, que se proyecta en el tiempo con un gran crecimiento.
De París a San Telmo, el retorno a su patria y otra vez de vuelta al barrio más antiguo de la capital argentina. Se llama Marc Eugene, y hace más de una década que ofrece auténtica cocina francesa en "Lo del Francés". Platos sabrosos y exuberantes, con una muy buena relación precio calidad. Un bistrot porteño, con espíritu parisino.
Lejos de las pretensiones y el lujo impostado, este rincón de Colegiales se consolida a través de una cocina honesta. Es un espacio donde la técnica se pone al servicio de la conexión humana, demostrando que cuando el plato tiene identidad y el ambiente respira bienestar, la gastronomía recupera su capacidad de emocionarnos sin necesidad de artificios.