BRAVO, BRAVÍSIMO, BRAVO

Bravado de noche

Lunes, 20 de abril de 2026

Y volvimos después de seis meses. Dicen que segundas partes no son buenas, pero evidentemente éste no es el caso. Que lo que sorprende la primera vez, rara vez se repite (tampoco ocurrió en esta nueva visita a Bravado). Lo que cambió es que fuimos de noche. Por otra parte, la cocina de Mariano Szatma Szotan volvió a sorprendernos, pese a que no hubo grandes cambios en el menú (nos dijo el chef que pronto habrá varias novedades). Ciertamente, Bravado nos parece una grata revelación el año pasado, que se proyecta en el tiempo con un gran crecimiento.

Bravado - Dirección: Avenida Del Libertador 1410, Vicente López. Días y horarios: lunes a viernes de (corrido) 09:00 a 19:00; martes a viernes de 09:00 a 00:30; sábados de 20:00 a 00:30. Precio: $$$$. Más información y reservas: Bravado.restaurante - Servicios: turno día, cochera sin costo (exclusivamente con reserva previa vía WhatsApp); turno noche, valet parking incluido (ingreso por calle Vergara).

A mediados del año pasado, dijimos que Bravado era (lo sigue siendo afortunadamente) un restaurante armado como si fuera un Apple Store, donde cada cosa está en el lugar adecuado. No hay puntos flojos, no los hubo aquella vez a mediados del 2025 a poco de su apertura, y menos existen hoy que, con el tiempo, se ha afianzado aún más el funcionamiento.

Ambiente, servicio de mesa y de bebidas, música en vivo acompañando sin estridencias, acústica para que no haya murmullos molestos; agua que no es de filtro (por fin). Y una ideada por el chef Mariano Szatma Szotan, que no requiere de excentricidades ni de sobreactuación para destacarse. También hay que prestar atención a los postres de Ana Irie, ex pastelera de Chila. Menuda brigada.

Quizás sea herencia de su padre médico, pero quien fuera jefe de cocina en Aramburu, tiene precisión quirúrgica en cada paso que da. Eso es lo que se refleja en cada plato.

Lo que nos asombra, además, es el trato personal. Nos causaba cierta intriga si se repetiría lo de la visita anterior, Y fue así, nomás. Ni bien comenzás a desandar las que parecen interminables escaleras que te llevan hasta el subsuelo, no podíamos evitar la curiosidad: ¿Nos saludarán con el nombre, aunque te hayan visto una sola vez en la vida, como pasó hace seis meses?

Es un hecho que te hacen sentir como si fueras muy importante. Del amable saludo del maitre, pasamos de inmediato a una de las mesas más cercanas al escenario donde tocan los músicos de la Orquesta Aeropuertos Argentina. Puede que ser periodista tenga sus ventajas. Aunque no lo crean los lectores, no siempre es así. 

No pasaron ni 30 segundos para que el chef se acercara a la mesa. Y vaya que lo entretuvimos un largo rato (quizá más de lo debido porque estaba ya el salón medio lleno), momento en que nos contó que la carta solo tuvo cambios estacionales, pero que pronto habrá nuevos platos y también una acción periódica en el saloncito privado del fondo.

VIVIR LA EXPERIENCIA

La mejor decisión fue dejar todo en  manos del chef. Y del sommelier en el caso de los vinos. Al rato llegaron las entradas, que se acompañaron con el Special White Blend de Bodega del Fin del Mundo. Volvimos a probar los langostinos, que tanto nos habían impactado en la visita anterior. De cocción brevísima en el kamado, con una textura muy suave y aderezo de yogur y gremolata,

Otras preparaciones probadas fueron el tiradito de pesca del día (lisa en este caso) con agua de pepino y melón, tal vez un homenaje a la Mar del Plata natal del chef; la ensalada de trucha tipo gravlax con endivias asadas, mango y radicchio rosso, y el tartar de remolacha con holandesa, trigo sarraceno y puerro frito.

Para el principal, el vino elegido por el sommelier fue el Karas Wines Classic Areni, que el empresario Eduardo Eurnekian elabora en Armenia. Resultó ideal para el ojo de bife madurado (3 días, nos comentaron) que salió en el punto saignant (jugoso como más nos gusta). Las guarniciones fueron las siguientes: papas fritas bastón con kétchup casero; tomates Reliquia con higos, agua de pelón y duraznos; zanahorias con salsa bearnesa y almendras, y ensalada de hojas verdes, echalotes y un aderezo muy logrado.

Va de suyo que hubo que hacer un espacio para los postres: por un lado, el plato de quesos y dulces caseros (a la francesa), y por el otro la versión personal de Ana Irie del mesopotámico Chajá, hecho con un suave bizcochuelo, dulce de leche, duraznos y merenguitos.

La reflexión final es que Juliana Del Águila Eurnekian, presidente de Bodega del Fin del Mundo y responsable del restaurante, sabe armar equipos. En Bravado, esto es harto elocuente.

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