Al que madruga el chef lo ayuda

Jueves, 6 de marzo de 2014

Ir al restaurante temprano tiene sus grandes ventajas. Pero hay una mala costumbre argenta de comer muy tarde, ya sea en los almuerzos como las cenas, y eso por lo general se paga caro.



Para ponernos en situación, les contamos una anécdota ocurrida a ambos editores de Fondo de Olla ®, que comimos en el mismo restaurante, en distinto día y en turnos diferentes. Aclaramos que como se trataba de un brunch dominical, había un turno a las 12 y otro a las 14.30, ó algo así. Uno de nosotros fue tempranero; el otro en el horario tardío. Por la edad de cada uno, se saca fácil quién es quién, pero esto no viene al caso. A uno le fue brillante, al otro mucho menos.

Después de tantos años de peregrinaje gastronómico, uno aprende ciertas cosas. La primera es que tenés que “madrugar” al malón. Lo peor que se puede hacer es concurrir a un restaurante en el horario “pico”. La cocina estará desbordada, los mozos corriendo como para ir a comprar dólares con el 20% y el sommelier descorchando botellas para ver si el vino tiene aromas a montura de caballo transpirada (a razón de 20 minutos cada una). Encima reservaste lugar, pero los de tu mesa se demoraron y tenés que esperar, mientras te sirven una copa de espumoso del berreta. Con eso no te solucionan la demora en sentarte a la mesa, la tardanza de los mozos en servirte, y ni hablar de los largos minutos que transcurrirán hasta que la cocina despache la comanda. Y todo estará justificado, porque nadie es amigo.

En mi caso, llegué puntual (como suelo hacer y no lo hacen varios colegas maleducados que llegan a los eventos a los postres) a la hora convenida. En un santiamén, estuvimos sentados a la mesa. Pocos segundos transcurrieron hasta que el mozo tomó el pedido, tanto de bebidas como de comidas. Y la comanda salió de la cocina con una rapidez asombrosa. Había poca gente alrededor, nada de chicos corriendo, ningún ruido molesto, caras sonrientes del personal. Todo a favor, sin dudas. Y el único precio a pagar fue llegar temprano.  

 Andá a comer temprano, cuando todavía hay poca gente en el restaurante. Por lo tanto, la cocina está relajada, los mozos fresquitos como una lechuga y sin bullicio molesto.

El que decidió ir al “segundo turno” no tuvo tanta fortuna. Como era de esperar, la mesa no estaba libre, tardaron en ubicarlo, los mozos demoraron una eternidad, la cocina estaba caótica, faltaban platos de la carta porque los del primer turno se devoraron todo. Encima había mucha gente alrededor, chicos molestos y un ruido espantoso. En fin, todo por causa de haber elegido un horario desaconsejable.

Perdón por la anécdota tan larga. Pero para muestra vale un brunch. Pero si elegís un restaurante para almorzar y si este lugar suele ser muy concurrido, lo mejor que podés hacer es no llegar después de las 13. Caete a las 12.30 y vas a disfrutar como loco. Andá a las 14 y te sumarás al caos generalizado. Si un restó abre a las 20 (no entiendo por qué a veces el horario se fija más tarde), tratá de “madrugarle” la noche a todo el mundo. Ya es sabido que hay gente que cena muy tarde, es algo que no pueden cambiar, pero si te da lo mismo llegá para abrir las puertas.

Parece mentira pero hay gente masoquista. Por ejemplo, una vez estaba almorzando con mi familia en La Brigada, era domingo. Al reservar, escuché al otro lado del teléfono: “venite temprano”. Me lo decía el amigo Hugo. Y así lo hice. A la salida, como a las 3 de la tarde, había como 50 personas esperando, incluyendo a un director técnico famoso. Es que por respeto a los clientes, nadie debe tener coronita, al menos eso sucede en este lugar. La pregunta que cabe es; ¿quién tiene ganas de esperar una hora para sentarse a comer casi a las 4 de la tarde? Pareciera que a cierta gente le gusta sufrir.

Por lo tanto, hacenos caso y andá temprano. Actuá como si fueras un “gringo” de esos que ves cenando a las 7 ó 7 y media de la tarde. Seguro que la vas a pasar bien, porque “al que madruga el chef lo ayuda”.

Fotos: Flickr CC mattfourchristing-O-

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