Monzú es una pizzería diferente, ni porteña ni con la ortodoxia italiana. Salen con el borde relleno, una característica distintiva. Un hallazgo de Juan Manuel y Alexandra, simpática pareja de venezolanos.
Pizza col Cornicione Ripieno (borde relleno, de queso cheddar, tapenade, o mozzarella y a veces con algo de picante). Es la característica distintiva de la Pizzería Monzú (palabra del dialecto napolitano), que la pareja de venezolanos Juan Manuel León Marquina y su esposa Alexandra (responsable de la barra de tragos), abrieron el año pasado. Hay que tomar nota de algo importante: por ahí desde afuera el lugar no dice mucho desde el punto de vista de la ambientación, al fin y al cabo lo que importa es lo que nos dan de comer y eso está muy bien. La pinta es lo de menos, lo aseguramos. Abajo, donde están la cocina y el horno, encontramos a la izquierda del local una mesa de madera amplia, para varios comensales, o se puede subir al entrepiso, donde hay varias mesas adentro y también en el balcón. Unico detalle a revisar es la música de fondo, demasiado fuerte a nuestro juicio.
León nos aclara que la idea del borde relleno la trajeron de EE.UU., aunque vale destacar que, más allá de esa licencia que se dan en Monzú, el estilo es napolitano. Una pizza liviana, a la piedra y hecha con masamadre estacionada.
Para comenzar, te sirven un appetizer del día, que en nuestro caso fueron unos papines andinos. También hay empanadas, muy buenas, de carne cortada a cuchillo o picada; de jamón y queso; con cheddar, panceta y mozzarella; salchicha y mozzarella; de pizza (no hay que revelar el secreto), y de calabaza y salvia.
Pero claro está que las estrellas de la casa son las pizzas con el borde relleno. La Napolitana sale con salsa de tomate, mozzarella, tomates tibios, ajo, perejil y borde relleno de mozzarella a la provenzal, con opción de jamón. Una campeona es la pizza de papa, con salsa de tomate, mozzarella, panceta, salsa Monzú y borde de tapenade. La “Verano de 2014”, otro hallazgo, viene con salsa de tomates, mozzarella, rúcula, tomates, cherries, queso azul, reducción de aceto balsámico y borde de mozzarella y albahaca.
El borde relleno lo trajeron como idea desde EE.UU., divierte y gusta mucho a los clientes de Monzú.
Hay más: de panceta y cheddar, con salsa de tomates y borde de morrones asados; de albóndigas con salsa de tomates, mozzarella y albahaca fresca, con borde de mozzarella y tomates deshidratados. Y de salchichas alemanas, más la infaltable salsa de tomates y la mozzarella, con borde de queso cheddar. “Instinto”, una rareza, lleva salsa de tomates, mozzarella, pollo marinado en cinco especias, palta, tomates cherries y borde de mozzarella, cebollita de verdeo y picante ahumado. Además, “Muzza”; de champiñón y choclo; integral nutritiva (se sirve tibia); fugazzeta, y 5 quesos. Los postres hay que descubrirlos en el día a día.
Para acompañar, recomendamos la cerveza artesanal Fractales (rubia, roja, negra); o los tragos de Alessandra, entre los que se destacan el Campari Monzú (con jugo de naranja y mandarina, más hojas de albahaca), y el mojito Fractales con cerveza en lugar de soda.
Monzú es una pizzería diferente, ni porteña ni italiana ortodoxa; sí una versión digna de conocer y disfrutar. Quienes ya la han descubierto, se han tornado adictos. Realmente vale la pena.
Casi dos años más tarde, volvimos a Somos Asado. No es una parrilla tradicional ni lo quiere ser: sí un restaurante de carnes con las propias interpretaciones de Gustavo Portela. Por otra parte, la estructura edilicia permitió armar distintos espacios dentro de lo que fuera en su momento una fábrica de camisas del abuelo de Verónica Krichmar, maître del restaurante y esposa del chef.
Cuando la sofisticación gastronómica decide ignorar los protocolos: así nace esta propuesta de "cocina de barrio" y descontracturada de club, destinada a despertar el costado más inquieto de Las Cañitas.
Si existe un personaje histórico identificado por ser un sibarita hecho y derecho, ese mismo es Sir Winston Churchill. Más allá de tratarse de un británico, algo que a los argentinos suele caernos mal, la figura de este personaje con enorme gravitación en la historia del Siglo XX, nos cae simpático por ser un amante casi obsesivo de la comida y la bebida. De ahí que ir a Winston Bar, ya se su pub de la planta baja, como al living ubicado escaleras arriba, resulta no solo un homenaje a esta figura emblemática durante la Segunda Guerra Mundial, sino también un regocijo a nuestros sentidos de la mano del chef Jonás Alba. En esta nota doble, uno se refiere a la experiencia que comenzó el año pasado y la otra a la visión más joven y descontracturada, menos flemática, de Carla.