La Morada es uno de esos lugares que podría pasar por un simple bodegón para oficinistas, sino fuera por la nostalgia que desborda de sus paredes y vitrinas. Para comer platos regionales y recuperar las imágenes perdidas.
La Morada del “centro” es bulliciosa e invita a disfrutar de sus comidas simples pero nobles, al tiempo que nuestra vista se regocija con objetos e imágenes de nuestra niñez, que desbordan las paredes del local y las vitrinas. Es un verdadero viaje en el tiempo, cuando coleccionábamos figuritas de fútbol o de Titanes en el Ring (siempre había tres difíciles que no se compraban como ahora), los muñequitos de García Ferré (Hijitus y familia), los de los chocolatines Felfort, juguetes viejos, botellas antiquísimas, tapas de revistas, muchas de fútbol, carteles publicitarios y mucho más, hasta dos viejos televisores en blanco y negro. José Luis González Mourelle es uno de los propietarios de La Morada y de estas piezas de colección que ha atesorado en varios y esforzados años contactando a gente que se dedicó con paciencia a guardar estas joyitas que tienen un valor simbólico incalculable.
La propuesta gastronómica de La Morada es también sencilla, obra del chef misionero Carlos Bernal. Precisamente, quien abrió el local de origen en la calle Larrea casi Juncal, junto a su esposa Mabel Galarza (repostera) y sus hijos. Eso ocurrió en 1999, luego la casa se extendería a la segunda morada de la calle Hipólito Yrigoyen, la que visitamos.
La Morada nació en 1999 en el local original de la calle Larrea 1336, que sigue vigente y se extendió al microcentro, donde “moran” viejas colecciones de figuritas, muñecos de García Ferré, botellas antiguas y otros objetos que despiertan la nostalgia en los que peinan canas.
El menú es corto, el pedido se hace en una hojita donde se anota lo que uno quiere comer. El locro y el guiso de lentejas son infaltables, al igual que el pastel de papas, caserísimo, al igual que uno de calabaza. Salen acompañados por galletas de campo. También hay ensaladas y tartas. Y nada menos que doce variedades de empanadas al horno. De carne, carne picante, panceta y ciruela, tomate y albahaca, de queso azul y varias más. Y la pastelería tradicional, con flan, alfajor Rogel, vigilante de fresco y batata o membrillo.
Los aperitivos son también los de antes (y de ahora), el vermú, el fernet, la soda y también cerveza y una acotada carta de vinos, suficiente para satisfacer a la clientela del mediodía, que no siempre puede consumir alcohol porque hay que volver al trabajo. La Morada redondea una propuesta rica y de muy buena relación precio calidad.
Casi dos años más tarde, volvimos a Somos Asado. No es una parrilla tradicional ni lo quiere ser: sí un restaurante de carnes con las propias interpretaciones de Gustavo Portela. Por otra parte, la estructura edilicia permitió armar distintos espacios dentro de lo que fuera en su momento una fábrica de camisas del abuelo de Verónica Krichmar, maître del restaurante y esposa del chef.
Cuando la sofisticación gastronómica decide ignorar los protocolos: así nace esta propuesta de "cocina de barrio" y descontracturada de club, destinada a despertar el costado más inquieto de Las Cañitas.
Si existe un personaje histórico identificado por ser un sibarita hecho y derecho, ese mismo es Sir Winston Churchill. Más allá de tratarse de un británico, algo que a los argentinos suele caernos mal, la figura de este personaje con enorme gravitación en la historia del Siglo XX, nos cae simpático por ser un amante casi obsesivo de la comida y la bebida. De ahí que ir a Winston Bar, ya se su pub de la planta baja, como al living ubicado escaleras arriba, resulta no solo un homenaje a esta figura emblemática durante la Segunda Guerra Mundial, sino también un regocijo a nuestros sentidos de la mano del chef Jonás Alba. En esta nota doble, uno se refiere a la experiencia que comenzó el año pasado y la otra a la visión más joven y descontracturada, menos flemática, de Carla.