Mitos y leyendas sobre la alimentación

Obsesivos por la comida "sana"

Sábado, 16 de diciembre de 2023

Hace un tiempo leímos una entrevista realizada por el diario Clarín a la médica especializada en Nutrición, Mónica Katz. En ella, la profesional decía que la obsesión por comer sano, lo único que logra es enfermar a la gente. Vale la pena analizar qué nos está pasando con la comida. Y volver a aquello de comer rico y sin culpas.

Cuando yo era chico, no había dietas extrañas, ni vegetarianos, muchos menos veganos y flexitarianos. Tampoco celíacos, ni siquiera gente que evitara el consumo de harinas por precaución. No teníamos octógonos en el packaging de los alimentos. Mucho menos influencers que dieran consejos en las redes sociales (que no las había por supuesto), sin ningún tipo de aval científico. Y éramos felices y comíamos sin culpa, estábamos más sanos de cuerpo y de mente (los psicólogos brillaban por su ausencia, precisamente en un barrio de clase media baja del Conurbano).

Los tiempos cambian y no siempre para bien. En algunos aspectos, es verdad eso de que todo tiempo pasado fue mejor. Para la alimentación, así expresado de manera genérica, la frase toma sentido. Comíamos de todo y sin culpa. No había problema alguno en consumir harinas, mucha carne (porque es el alimento principal de nuestra dieta), nadie era vegetariano y la palabra "veganismo" no existía.

No estábamos obsesionados por comer sano. Y éramos felices, si hasta comíamos perdices, sobre todo porque uno tenía un padre que era amante de la caza y de la pesca, con lo cual en nuestra dieta no faltaban las copetonas y las liebres, los pejerreyes y los pescados de río a la parrilla.

En mi casa paterna, los domingos se comía polenta taragna con quesos (una anticipación al gobierno de Alberto Fernández y CFK); en la materna ravioles de espinaca y seso, y cima genovese. Obviamente que también asado y las infaltables bogas a la parrilla. Se bebía vino fatto in casa (algo habitual en aquel entonces entre las familias de origen italiano), apenas un chorrito para darle color y sabor a la soda de sifón aun siendo muy niños.

Pero los tiempos cambian y hoy existe obsesión por "comer sano", por alimentarse como celíacos sin serlo, por evitar el consumo de proteínas animales (se sabe que la evolución de la inteligencia humana está asociada directamente a la ingesta de ellas), por hacer dietas sin ningún aval científico y escuchar y leer estupideces rayanas con el absurdo en boca de falsos influencers, que opinan libremente en las redes sociales porque es gratis.

Para colmo, éramos pocos y parieron los veganos. Una secta de ridículos que no come huevos porque la gallina sufre al ponerlos, que quiere largar a las vacas al campo como en los tiempos del ganado cimarrón durante la conquista española, que no revuelven basura en los volquetes porque tienen suficiente dinero como para absorber tan estúpida dieta no apta para gente normal.

Sabemos que estas opiniones despertarán polémica y nos pegarán palos por todos lados. Pero no importa, porque la verdad es que estamos cansados de la frivolidad y los falsos cánones de una supuesta alimentación sana o que no hay que comer carne por el respeto a los animales (¿acaso en la naturaleza las especies se comen unas a otras).

Releemos a la doctora Katz, quien señala que "nadie sale a condenar a la pornografía alimentaria", por ejemplo "las hamburguesas de cuatro panes, porque para que un sándwich se pueda comer bien, tiene que entrar en la boca".

También afirma que "los talibanes del veganismo o del crudismo, entran en conflicto con la ciencia y hasta con el sentido común". A tal grado de frivolidad llegan estas "tribus", que son capaces de "llevar sus viandas a restaurantes y fiestas", lo cual los termina aislando y ponen en riesgo su propia salud.

Katz lo dice sin eufemismos: "las dietas veganas suelen conducir a la desnutrición".

Lo curioso de la entrevista es que, en dicha entrevista, la doctora Katz revela que es vegetariana a tiempo parcial, es decir que lleva adelante una alimentación con plantas, pero con "permitidos". ¿Algo contradictorio no? Como si fuera un sacerdote, haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago.

Sin embargo, nos quedamos con sus reflexiones certeras e indiscutibles, como cuando dice que no hay que demonizar al salmón porque es de criadero: "no hay que ser talibán en nada ni obsesionarse con los alimentos, como los que hacen la dieta Keto y dejan de comer harinas sin ser celíacos".

Para seguir desmitificando la alimentación, señala que "un plato de fideos de paquete con fileto y queso, aporta las mismas calorías que una porción de tarta de acelga (380 calorías), y menos que una ensalada Caesar (390 calorías).

En su libro "Somos lo que comemos", la autora afirma que hay que "comer a lo francés": "sabroso, lo mejor, pero poco". Y propone un ejercicio: "elegir el lugar preferido de la casa, preparar una porción de la comida que más nos gusta, observar su aspecto, olerla y recién después dar un pequeño bocado". Y sigue: "rotarlo por lo menos tres veces en la boca, masticando lentamente, al menos cinco veces". Y así seguir con este método hasta terminar, porque seguro que muchos van a descubrir que alcanzan a satisfacerse con esa sola porción.

Por último, la doctora Katz propone la venta de paquetes grandes, reducir el tamaño de las porciones que se sirven en los restaurantes y el volumen de las facturas que se venden en las panaderías.

Como alguna vez dijimos en Fondo de Olla ©, "comer mucho, no es comer bien". Como decía Baltasar Gracián, "lo bueno, si breve, dos veces bueno".

La consigna es: comer de todo, sin culpas, reducir las porciones y dejar de lado cualquier tipo de obsesión por la comida. Si hiciera mal consumir harinas, por ejemplo, la población italiana estaría desaparecida de la faz de la tierra.

Y, sobre todo, hacer caso omiso a los falsos gurús que hablan desde el desconocimiento. De ninguna manera limitar nuestra dieta, ya sea por prejuicios, obsesiones, religión o lo que fuere. Comamos rico y disfrutemos de la variedad, porque en ella está el gusto.

No nos quiten el placer de comer, en un país que increíblemente tiene casi a la mitad de la población en la pobreza.

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