Editorial

Saben que metieron la pata

Lunes, 6 de junio de 2022

Pareciera que se ha detenido la andanada contra el trigo transgénico, por parte de un grupo de cocineros que no ven más allá de la puerta de sus restaurantes. La irracional campaña de descrédito contra un evento biotecnológico creado en la Argentina, que mereció severos controles de los organismos oficiales antes de su aprobación, tuvo patas cortas y vida efímera. Ellos saben que metieron la pata, pero no lo reconocen públicamente. Resulta una absoluta frivolidad pretender que se pague un sobreprecio por un producto orgánico, cuando la gente no tiene qué comer. Pretenden saber más que los científicos cuando son unos ignorantes supinos en materia de biotecnología.

Ya hemos tratado el tema en la nota publicada como respuesta a la masiva oposición de un grupo de cocineros que despotricaba contra la aprobación, por parte de organismos oficiales y el aval de la ciencia, del nuevo trigo transgénico HB4, obra de científicos argentinos.

Una tecnología que permitirá aumentar la productividad, con lo cual se podrá alimentar a más gente y evitar la hambruna. Porque no tenemos dudas de que esta tecnología argentina se extenderá pronto en todo el planeta: https://www.fondodeolla.com/nota/17739-con-el-trigo-jueguen-limpio/

Ya hemos dicho lo que pensamos y lo hicimos con argumentos sólidos. Pero acabamos de leer un espléndido razonamiento publicado en un sitio llamado Seúl, que firman Luz Agüero (licenciada en Comunicación Social (CUP), redactora y guionista, y Leandro Ocón (licenciado en Ciencias Políticas y Magister en Estrategia y Geopolítica): https://seul.ar/author/agueroocon/, que completa la argumentación.

Ellos se refieren, con el título "La izquierda monsanta", a un artículo de The Economist sobre "La catástrofe alimentaria que se avecina". Allí se advierte el costo humano que está dejando la guerra entre Rusia y Ucrania fuera del campo de batalla. "El sistema alimentario global flaquea tras la pandemia, los embates del cambio climático y la escasez de materias primas causada por el conflicto bélico". La publicación advierte que cientos de millones de personas más podrían caer en la pobreza y arenga a buscar una solución global.

Dicha publicación destaca que, dentro de un panorama sombrío porque los precios de los granos se disparan (una bendición para los gobiernos K, que siempre tienen suerte con estos fenómenos coyunturales), aparece "la Argentina -de manera excepcional- literalmente con un pan bajo el brazo".

Se trata del trigo HB4, desarrollado por científicos del CONICET junto a la empresa Bioceres, que ya se ha aprobado en varios países, y que según The Economist es "una oportunidad histórica de que la Argentina sea punta de lanza para combatir los efectos de una crisis mundial".

La nota de marras hace referencia a la oposición de la izquierda vernácula contra este avance de la biotecnología, a los que se ha sumado esa secta troglodita que es el veganismo. Por la ideología, que es la de los K vale recordarlo, no les importa que la gente pase hambre.

Lo más grave es la actitud de los cocineros, que se fueron sumando al hashtag #ConNuestroPanNo, sin molestarse primero en averiguar de qué se trataba todo esto.

Recomendamos leer en su totalidad el texto cuyo link agregamos más arriba, porque no tiene desperdicio. "La huerta hidropónica de Palermo o el cantero de perejiles del Proyecto Artigas son exóticos pasatiempos, no soluciones a la problemática del hambre", señalan con toda la razón.

Días pasados, en una cena que convocó a un par de cocineros latinoamericanos, alguien que estaba frente a nosotros decía que él come polenta orgánica (vaya, qué suerte que la comida popular que reemplaza a la carne gracias a la fatalidad que significa tener un gobierno kirchnerista, tenga su versión frívola). Qué bueno que tenga un bolsillo que le permite comprar un producto que tiene sobreprecio (aunque, a esta altura, creemos que tanto la soja como el maíz transgénico son el 100% de lo que se produce en la Argentina y en otros países del mundo).

Nos decía este buen señor que nosotros los argentinos no consumimos soja, lo cual es una falacia absoluta. Estamos de acuerdo que el consumo local es muy bajo, pero sí existe la soja transgénica en el mercado vernáculo y se utiliza en la gastronomía usualmente.

Nos quedamos con una categórica definición de los autores cordobeses de Seúl: "Sembrar cereales y hortalizas a la usanza de nuestros ancestros del neolítico es un proceso más costoso, más riesgoso, menos productivo y que requiere más insumos y más mano de obra que la agricultura convencional. Y es acá donde reside la maravilla de la biotecnología: permite minimizar riesgos, reducir costos y achicar tiempos para garantizar que el pan llegue a la mesa. Un cultivo que no está protegido ante plagas o cualquier contingencia de la naturaleza, se constituye en una inversión de extremo riesgo, que atenta contra el productor, pero también contra la seguridad alimentaria".

Por otra parte, se recuerda que los transgénicos "cuentan con el apoyo de 159 científicos laureados con el Premio Nobel", y "la propia ONU, a través de su agencia especializada, los reconoce como una herramienta importante para satisfacer las necesidades de la población".

Por cierto, que los cocineros "antitransgénicos" no tienen conocimientos, ni un solo argumento para validar su opinión. Alguiene escribió carente de rigor científico y ellos repitieron como loros, creyéndose que estaban quedando bien con el seudoprogresismo que supimos conseguir y que, por otra parte, nos ha llevado a tener a la mitad de la población sumida en la pobreza.

Son tauras con el estómago ajeno, porque a ellos jamás les picó el bagre como la pobre gente que apenas puede comprar dos miñones en la panadería. Saben que metieron la pata, ahora es el momento de reconocerlo y contribuir en favor de los compatriotas que comen lo que pueden.

Abran la puerta de sus restaurantes, salgan a la calle, vean lo que pasa alrededor e inviertan un tiempo en analizar los alcances de la biotecnología antes de avalar semejante mamarracho.

Dedíquense a lo suyo, que es cocinar. No es necesario abrir la boca para decir pavadas sin sustento científico. Nunca es tarde para reconocer los errores. 

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