Olleros Restaurante es obra de un joven chef, Federico de Pedro, apasionado por lo que hace y con todas las ganas puestas en su primer emprendimiento gastronómico propio.
El local es archiconocido para nosotros. Allí funcionó varios años Morriña (hoy mudado a San Telmo). Cuenta Federico de Pedro, chef propietario de Olleros Restaurante, que siendo cliente de Manuel Corral Vide se mostró interesado en tomar la posta cuando el conspicuo colaborador de Fondo de Olla había decidido tomarse un tiempito de descanso con su cocina gallega.
Por fortuna, Federico no dudó demasiado en concretar su propio emprendimiento. Años después de formarse en el IAG y peregrinar por restaurantes ajenos, afrontó el desafío (que no todos logran concretar) de la casa propia.
Olleros es un restaurante de barrio, donde bien al sentir porteño se entremezclan las cocinas heredadas de los inmigrantes. Hay pizzas, como la que llaman Francisco, preparada con mozzarella, papa, romero y crocante de panceta. Otra opción que no defrauda son las empanadas de carne de ternera, cortada a cuchillo.
Hay que decir que Olleros ofrece porciones abundantes; pero si uno puede con toda la comida, está la chance de llevar lo que quedó en el plato a tu casa. Antes de describir la otra parte del menú, vale la pena estar atentos a las opciones del día, que generalmente marcan la intención del chef de jugar con su imaginación y lo que se consigue en el mercado.
Por lo demás, hay una sección de pastas, otras del grill y los platos de la Cocina de Olleros, que salen de la simpleza del resto, sobre todo para aquellos que no se conforman con una milanesa que, por otra parte, aquí las sirven y con gran éxito.
Olleros Restaurante ofrece pizzas, empanadas, pastas, carnes al grill y platos de cocina bien pensados por el chef Federico de Pedro. Una opción bien porteña.
Entre las pastas, destacamos los sorrentinos de masa negra rellenos de salmón natural, con crema de limón y ciboulette. Del grill, salen el bife chorizo de 350 gramos con papas cuña y mix de verdes; ojo de bife de 300 gramos con papas y vegetales asados; entraña marinada con papas cuña, rúcula y parmesano; asado corte americano, y ribs con salsa barbacoa, papas y ensalada coleslaw.
Es en la cocina donde encontramos los mejores platos, dicho esto por su elaboración. Ejemplos: bondiola de cerdo braseada a la cerveza negra; pastel de cordero patagónico con cubierta de puré gratinado y cebollas caramelizadas; ossobuco en risotto alla milanese, entre otros.
Hay postres clásicos, pero también unos riquísimos crepes suzettes, con cáscaras de naranja, al Cointreau.
El local funciona también como cafetería, tiene barra de tragos y cuenta con estacionamiento en Gorostiaga 1645 (dos horas gratis), un dato no menor tratándose de una zona tan concurrida. En la parte anterior del local, se ha instalado un sector al aire libre apto para fumadores.
Olleros da de comer mucho y bien, con precios adecuados. Una muy buena opción para el barrio, donde concluyen Las Cañitas y nos adentramos en Belgrano, en este caso con escasas cosas para recomendar.
Casi dos años más tarde, volvimos a Somos Asado. No es una parrilla tradicional ni lo quiere ser: sí un restaurante de carnes con las propias interpretaciones de Gustavo Portela. Por otra parte, la estructura edilicia permitió armar distintos espacios dentro de lo que fuera en su momento una fábrica de camisas del abuelo de Verónica Krichmar, maître del restaurante y esposa del chef.
Cuando la sofisticación gastronómica decide ignorar los protocolos: así nace esta propuesta de "cocina de barrio" y descontracturada de club, destinada a despertar el costado más inquieto de Las Cañitas.
Si existe un personaje histórico identificado por ser un sibarita hecho y derecho, ese mismo es Sir Winston Churchill. Más allá de tratarse de un británico, algo que a los argentinos suele caernos mal, la figura de este personaje con enorme gravitación en la historia del Siglo XX, nos cae simpático por ser un amante casi obsesivo de la comida y la bebida. De ahí que ir a Winston Bar, ya se su pub de la planta baja, como al living ubicado escaleras arriba, resulta no solo un homenaje a esta figura emblemática durante la Segunda Guerra Mundial, sino también un regocijo a nuestros sentidos de la mano del chef Jonás Alba. En esta nota doble, uno se refiere a la experiencia que comenzó el año pasado y la otra a la visión más joven y descontracturada, menos flemática, de Carla.