No hay término medio, o gastás mucho o gastás poco. O vas a lugares lujosos o a fondas casi impresentables, pero donde se come bien por pocos pesos. Sea como fuere, la experiencia resultará satisfactoria, aunque en el bolsillo te duela diferente.
Nadie duda a esta altura que la cocina peruana se ha ganado el corazón del público porteño. Y excluimos al resto del país, donde la cantidad de lugares de ese origen sigue siendo muy reducida. Lo primero fueron las fondas del Abasto, que luego se reprodujeron a Congreso, Belgrano y San Telmo. Casi siempre eran cantinas poco atractivas a la vista, destinadas a la colectividad incaica, donde el cebiche era la gran atracción. Hoy las cosas han cambiado, con la aparición de restaurantes lujosos y de excelente nivel, no siempre recomendables por su relación precio calidad, y que en muchos casos te escatiman hasta el pan. Contradicciones que el comensal debe conocer: por ejemplo, Astrid & Gastón tiene una panera que por sí sola vale lo que te cobran por el servicio de mesa. En otros restós peruano japoneses, apenas te dan una cuchara por $ 26, más o menos. Pero hay que tener en cuenta que por más que te traigan sushi o sashimi, también podés pedir platos de la cocina criolla o de mar, que ameritan la panera. Es el caso de La Rosa Náutica, con su sucursal porteña en Puerto Madero, que también ofrece panes “fatti in casa”. No ocurre lo mismo en lugares como Osaka, Sipan y Paru (dicho sea de paso éste es el must de los peruanos fusionados, hoy con su nuevo enclave en el Vilas Club y otro en el Pacheco Golf Club). Otro caso emblemático es Pozo Santo, de los mismos dueños de La Carreta, de Lima. Si te impresionan las imágenes religiosas, mejor dirigite a otro lado. Otra opción es M Buenos Aires, también de alto nivel, que dejó la cocina porteña del viejo Michelangelo por una propuesta peruano japonesa. Otra opción es Moche, uno de los pioneros en materia de peruanidad lujosa, hoy con agregado de barra de sushi. Y también Ceviche, creado por el fundador de Dashi, Jorge Schwarcberg, hoy en manos de un grupo que incorporó nuevas sucursales; más Bardot, sobre la calle Honduras, que mantiene una buena calidad.
Hasta ahora hablamos de la clase alta. Pero hay también algunos plebeyos, como Status (el más antiguo de los barriales exceptuando los bodegones para oriundos), Contigo Perú (un clásico de Belgrano C a media cuadra de la estación) y Primavera Trujillana (en Núñez). En Belgrano se armó un pequeño polo gastronómico, con lugares como Cocoroco y El Imperio del Sol, entre otros.
Ágape es una organización que nuclea a los principales restaurantes de cocina peruana, tradicional y fusión, pero su web ha quedado bastante desactualizada, pues aún figuran lugares que cerraron sus puertas. De todas maneras, allí se encuentra información valiosa a la hora de decidir dónde ir a comer bien peruano.
La última novedad es Mullu, abierto hace pocos días por José Castro Mendivil, creador de Sipan Microcentro y Palermo, quien movió sus petates para el nuevo local de la calle Ricardo Rojas, la cortada que termina frente a la Plaza San Martín, casi llegando a la calle homónima. Es otro de los “aristocráticos”.
Desde ya que hay en la ciudad de Buenos Aires más de ciento restaurantes de cocina peruana de mar y montaña, criolla y de fusión. En un plebeyo podés comer por menos de $ 100 y en un “gourmet” (que no siempre son los mejores más allá de lo pretencioso que pueda resultar la propuesta), por más de $ 300.
La peruana se una cocina de notable factura, no apta para los no amantes del pescado y de los picores, aún atenuados en nuestro medio. Sí, como se observa, apta para cualquier bolsillo. Es cuestión de elegir lo que uno puede pagar y dejarse llevar por la gastronomía más rica y auténtica de América latina.