Winston Club, en Recoleta

Un living con magia

Viernes, 27 de marzo de 2026

Si existe un personaje histórico identificado por ser un sibarita hecho y derecho, ese mismo es Sir Winston Churchill. Más allá de tratarse de un británico, algo que a los argentinos suele caernos mal, la figura de este personaje con enorme gravitación en la historia del Siglo XX, nos cae simpático por ser un amante casi obsesivo de la comida y la bebida. De ahí que ir a Winston Bar, ya se su pub de la planta baja, como al living ubicado escaleras arriba, resulta no solo un homenaje a esta figura emblemática durante la Segunda Guerra Mundial, sino también un regocijo a nuestros sentidos de la mano del chef Jonás Alba. En esta nota doble, uno se refiere a la experiencia que comenzó el año pasado y la otra a la visión más joven y descontracturada, menos flemática, de Carla.

Winston, para sibaritas

Por Juan Carlos Fola

Mi aventura personal en Winston Club, comenzó hace ya un año, cuando habíamos recibido una misteriosa invitación para conocer este lugar de Recoleta, dedicado al personaje más sibarita de la historia. A eso, a posteriori se agregó la causalidad de encontrarnos con el chef Jonás Alba quien, en sus inicios en la ciudad de La Plata, supo trabajar con nuestros amigos los hermanos Zárate (Diego y Patricio), en el restó de alta cocina Casa Enna.

Quizá por eso de la química que te lleva a identificarte con algunas personas en particular, sentimos un feeling muy particular con Catalina y Jonás, responsables mayores del funcionamiento de este lugar.

Y como la propuesta de Winston Club cambia mensualmente, en todo este tiempo hemos probado prácticamente todos los menús creados por el chef a lo largo de un año natural, que arrancó en 2025 y se extiende al presente.

Para entender la esencia de Winston Churchill bastaría con asombrarse con la rutina diaria del político y estadista británico, a quien le tocó lidiar con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial.

Veamos:

7.30 - Despertarse, quedarse en la cama, desayunar, leer periódicos, trabajar, un vaso de whisky con soda.

11:00 - Me levanto de la cama, doy un paseo por el jardín, superviso la finca y tomo whisky con soda.

13:00 - Almuerzo de varios platos, pinta imperial de champán.

15:30 - Trabajo desde el estudio, copa de coñac.

17:00 - Siesta de hora y media, un hábito adquirido durante su estancia en Cuba.

18:30 - Despertarse, bañarse, vestirse para la cena.

20:00 - Cena prolongada con los invitados, una pinta imperial de champán.

00:00 - Trabajo en el estudio, más coñac.

01:00-03:00 - Hora de acostarse.

Increíble pero real. Como el cuerpo (y el presupuesto) no nos da para tantos excesos, nos súper conformamos con los menús de Jonás Alba, que están a tono con la exigencia de responder al nombre del lugar, nada menos que el del gran sibarita.

No es propósito extendernos demasiado en la crítica y en el elogio, porque le venimos haciendo desde hace ya casi un año. Y esperamos continuar con esa rutina.

La cocina del living es producto, es técnica, es precisión, confluencia de sabores que se potencian, mucha creatividad y. al mismo tiempo, simplicidad. ¿Quieren más? Pues sí, la excelente relación precio calidad, la atención superlativa y los cócteles que llegan desde la planta baja, desde el pub, el adecuado servicio de vinos, todo en general.

Lo difícil, en este caso, es sorprender al comensal en cada menú, en cada paso, en cada noche. Es la magia que emana del living, el ambiente romántico y elegante (el último factor a mencionar), todo lo cual confluye en una experiencia notable.

La secuencia de los menús que probamos hasta ahora, nos lleva a decir que Jonás cada vez cocina mejor, que Winston es un lugar que nos apasiona, que la música acompaña gratamente, que te atienden como si fuera el living de tu casa, que es el lugar ideal para ir con tu pareja (en mi caso), con amigos o con quienes quieras. Vale, diría un español, y cuánto que vale. 

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El Living de la Calle Guido

Por Carla de Doses of Foodie Style

Subir a Winston para habitar la edición de marzo fue encontrarse con una cocina que se entrega sin filtros. Lejos de los artificios del ego, la sensibilidad de Jonás Alba propone una conexión real con el producto y la memoria; una propuesta que se reinventa cada 30 días para recordarnos que el lujo, cuando es honesto, sucede únicamente en el presente.

La calle Guido nos recibió a las 20:30 con una declaración de principios: una puerta verde inglés impecable, donde el nombre de Winston Club brilla sin complejos.

Se terminó el tiempo de los secretos susurrados; hoy, esa entrada anticipa un lugar con una energía que magnetiza desde la vereda. Pero el verdadero pulso de la experiencia late arriba. Subimos esas escaleras de madera, casi como un rito de pasaje, para dejar atrás el bullicio del pub y entrar en la dimensión del Living.

Llegamos con la expectativa de descubrir la propuesta del mes. En Winston, la exclusividad no es solo el entorno, sino la naturaleza efímera de su cocina: cada mes la carta se transforma por completo, obligando a vivir el presente de cada ingrediente antes de que el calendario pase de página. Esa es la mística del club: la certeza de que lo que probamos hoy, será un recuerdo distinto mañana.

Instalarnos en nuestro rincón, fue como encontrar un tesoro en un mercado de pulgas de lujo. No es decoración, es una ambientación con un propósito visceral que envuelve. Habitamos un espacio privado, un refugio de butacas profundas donde un baúl de madera y tachas hacía de mesa, custodiado por una caja fuerte histórica y una valija curtida.

En ese microsistema de intimidad, con la música funcionando como un pulso cardíaco bajo, entendimos que la noche no iba de comer, sino de dejarnos atravesar por una experiencia sensorial.

A los pocos minutos apareció Renzo. Su sonrisa y ese carisma mimetizado con las paredes del Living, son la pieza que termina de armar el rompecabezas. No es un servicio acartonado; es una hospitalidad con personalidad que desarma.

La noche arrancó con una sorpresa: un cóctel fuera de carta que llegó como un guiño directo a mi peruanidad. Una reversión del Pisco Sour con cordial de zanahoria, que me dejó sin palabras. Es arriesgado jugar con el Pisco Sour en barras ajenas, pero el bartender logró un equilibrio impecable; una audacia ejecutada con maestría. El cocktail llegó junto a un amouse bouche a base de berenjenas que marcaría el inicio de una mágica velada.

Haber llegado temprano nos regaló el privilegio de charlar con Jonás Alba, chef y alma de esta propuesta. Escucharlo es entender su estándar: Jonás trae consigo la experiencia de haber formado parte del equipo de Mirazur (Francia), el restaurante de Mauro Colagreco distinguido con e Estrellas Michelin.

Esa escuela francesa de respeto absoluto por el producto, es la que hoy aplica en Winston. Después de un año de búsqueda a puerta cerrada para encontrar la identidad del lugar, logró que su técnica no sea un ejercicio de ego, sino un lenguaje para honrar la huerta.

Es una cocina que no desperdicia, que trabaja el ingrediente en su estado más puro, heredando la disciplina de la alta gastronomía para aplicarla a un concepto personal y cercano.

Jonás nos dejó claro que su mayor satisfacción no es simplemente la riqueza de un plato; busca la conexión. No cocina para la validación personal, sino por un desafío de aprendizaje constante y respeto a la tierra.

Por eso, el Living funciona con esta apertura: él necesita el cara a cara, ese vínculo que se genera cuando un cliente vuelve buscando refugiarse en su cocina. El logro es que un sabor, de repente, te devuelva a la cocina de tu casa. Es una búsqueda honesta, un puente real hacia la memoria.

La experiencia en la mesa comenzó con los "Tomates Reliquia". Allí nos convertimos en los arquitectos de nuestro propio plato; un ejercicio de libertad donde la frescura del agua de tomates y el alga wakame se entrelazaban con el dulzor de los higos frescos y un chutney que concentraba la esencia de la huerta.

Fue un ecosistema de texturas, donde la acidez de la manzana verde y el perfume de la albahaca tailandesa impactaron el paladar. Entre la sal de algas ahumadas y el aceite verde, cada bocado fue nuestra decisión; un ritual sin máscaras.

El viaje continuó con el "Carpaccio de Asadito Argentino" de Las Dinas. Un plato que equilibró la potencia de la carne con una delicadeza absoluta: la frescura del tzatziki y los encurtidos de pepino blanco contrastaban la grasa, mientras la flor de hinojo y la gremolata de naranja aportaban un perfil aromático increíble. La emulsión de pimientos rojos asados y el pan de mantequilla redondearon una combinación de elegancia sofisticada.

Luego llegó el turno de la "Pasta", rellena de un ossobuco braseado que se deshacía, envuelto por la cremosidad del queso Tala de El Abascay. El plato era una construcción de capas profundas: gírgolas salteadas, demiglace y el toque justo de aceite de trufa. Pero lo que realmente transformó la noche fue el pangrattato. Ese crunch final, junto a la mantequilla de salvia, brindó el cierre perfecto a una pasta que no solo degustamos, sino que sentimos. Fue el bocado que nos devolvió a la cocina de casa.

Nada habría tenido el mismo impacto, sin el maridaje. Cada paso fue pensado para que el vino fuera el socio ideal de la técnica del chef. Desde la frescura inicial para los tomates, hasta la estructura necesaria para el asadito y la profundidad del ossobuco. Una selección que entendió el ritmo de la cena: etiquetas que aportaban equilibrio y ayudaban a limpiar el paladar para recibir la siguiente sorpresa.

Para prepararnos para el final, llegó el prepostre: una granita de hojas de higuera y cardamomo. El aroma nos transportó de inmediato a un jardín; un toque herbal que, junto al cardamomo, nos reseteó los sentidos.

Fue el puente ligero antes de entrar en los "Duraznos Flambeados". La calidez de la fruta se encontró con un toffee de dulce de leche y crema de mascarpone. La pimienta rosa y la menta dieron la vibración fresca necesaria para cortar el dulzor, mientras la tierra de cacao y algarroba regaló el contraste terroso. Acompañamos este final con una copa de espumoso, cuyas burbujas fueron el contrapunto ideal para la intensidad del postre.

Lo que vivimos en Winston fue una noche de sensaciones profundas y charla genuina con Jonás y Renzo. Nos fuimos con el sabor de los duraznos, pero sobre todo con el retrogusto de esos cócteles de autor que estiraron la sobremesa: un Pisco Sour de manzana verde y un Negroni reversionado.

Haber experimentado la edición de marzo solo nos deja con la intriga de lo que vendrá y ganas de descubrir las próximas entregas.

En un lugar que se reinventa mes a mes, la verdadera recompensa de pertenecer a este club es saber que siempre habrá una nueva historia que vale la pena venir a probar.

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Miguel Grau Seminario es un héroe naval peruano, conocido como el "Caballero de los Mares", símbolo de honor y valentía. Como el Almirante Brown para los argentinos, esta figura épica fue elegida por el chef Raúl Zorrilla para denominar a su cebichería y restaurante de mar ubicado en el corazón del barrio de Balvanera (en el Abasto). Sus pescados enteros, elegidos por los mismos comensales, se transforman luego en variadas preparaciones dependiendo según sea el grupo de personas que comparten la mesa. La relación precio calidad es excelente.