1992- 27 de marzo - 2022

30 años de La Brigada

Domingo, 27 de marzo de 2022

El 27 de marzo de 1992 abría sus puertas La Brigada ("Lo distinto en parrilla"). Era otro San Telmo, oscuro, peligroso, un barrio olvidado de la mano de los funcionarios de turno. Y a ese lugar, en el que hoy todos quieren estar, apostó Hugo Echevarrieta para abrir su restaurante propio, después de trabajar desde lavacopas hasta parrillero en una parrilla tradicional porteña. Había llegado de su Mendoza natal a buscar un futuro para él y su familia. Más allá de todo, en lo personal nos une una amistad que tiene tantos años como LB.

Ya utilizamos hace poco y en otra nota la famosa frase del tango "Preparate pa'l domingo", mejor si cantado por Carlos Gardel:

"Los amigos se cotizan En las buenas y en las malas A mí me dieron la chaucha Y la reparto con vos Con esos cuatro manguillos Se acabarán nuestras penas Y entonces sí que podemos, viejo Podemos decir que hay Dios"

Otra fase, aunque poco feliz de su autor, el "filósofo" sindicalista Luis Barrionuevo, alude a que "en la Argentina nadie hace la plata trabajando", lo cual en todo caso es una desgracia de nuestro país, donde se abona la cultura del no laburo, de vivir del Estado y de ser rehén de los que gobiernan y nos quieren brutos y pobres.

El de Hugo Echevarrieta es un claro ejemplo de resiliencia, que desmiente en forma rotunda lo que piensan los corruptos. Cuando llegó de Mendoza, varias décadas atrás, Hugo entró en la gastronomía siendo un simple lavacopas. Llegó hasta parrillero, uno de los mejores sino el mejor de todos, de manera que conoce el oficio de "pe a pa", no se lo contaron ni tuvo una herencia familiar que lo apuntalara.

Nunca transó con nadie, no se hizo amigo del poder ni tampoco de la prensa y, tal vez por eso, a La Brigada le han hecho en 30 años menos notas que a la competencia.

Personalmente, el trabajo nos llevó a que muchas horas las debíamos pasar en la calle EE.UU. al 500, cuando el periodismo no era tan fácil, porque no había internet, aparte de que la tecnología para la impresión de publicaciones estaba en la época de "Ñaupa".

Llegamos a la imprenta el lunes 30 de marzo de 1992 y Fabián, a cargo del negocio familiar con su hermano Leo, nos dice: "Sabés que en la otra cuadra abrió una parrilla que parece buena". Entonces "vamos hoy a almorzar", le dije. Y fue así nuestra primera visita a La Brigada.

Siempre cuenta Hugo que el viernes de la apertura, no entró nadie a comer. Y que su cava (que hoy atesora unas 70.000 botellas), era una mesita donde había cuanto mucho una docena de botellas de vino.

El fin de semana, la cosa cambió un poco y, cuando nosotros ingresamos el lunes 30, nos encontramos con un pequeño local acogedor, adornado con imágenes futboleras y algunos clientes, uno de ellos el cineasta Manuel Antín, quien hoy sigue siendo habitué a diario.

Lo primero que nos llamó la atención, fue que no tenían el abominable brasero que aún hoy se sigue colocando sobre la mesa, para que tu ropa se impregne de olores ahumados y para que la carne se recocine y termines comiendo suela de zapato.

La segunda fue la confianza. Porque cuando pedimos "factura A", nos dijeron que estaban pedidas, pero no se las habían entregado. Ergo, si pagábamos y nos daban factura B la empresa no iba a reconocer la devolución. "No te hagas problema", afirmaron. "Cuando vengas otras veces firmás y ni bien tengamos la factura A te cobramos todo junto".

Insólito, en un país donde la desconfianza es moneda corriente. La anécdota termina con que el jefe que tenía que autorizar el gasto, nos miró con cara de asombro, porque nos había gustado tanto la parrilla que íbamos casi a diario.

Poco a poco fuimos probando todas las opciones del menú. Las achuras, ya sea de vaca, chivito o cordero; las casi inhallables creadillas; el asado de tira; el vacío del fino; el bife de chorizo. Esas empanadas santiagueñas de puta madre.

Uno, hasta ese momento, no había incursionado aún en el periodismo gastronómico y era otro más de los tantos que comen todo muy cocido. De ahí que podemos asegurar que en LB nos enseñaron a pedir la carne jugosa.

Otro día queríamos comer el pollo entero deshuesado, una especialidad de la casa. "Hoy no va a poder ser -nos avisaron-, porque Hugo salió y es el único que sabe prepararlo".

Otra vez se nos ocurrió comer milanesa napolitana. Es uno de los platos menos solicitados en LB, pero no saben lo que se pierden.

Pasaron los años y se fue forjando la amistad. Una vez, por los primeros años del nuevo siglo, un amigo nos pidió contactar a Hugo para ofrecerle la concesión de un restaurante en Mar del Plata. A regañadientes aceptó viajar, pero aclaró: "solo voy si vos me acompañás".

En el camino, Hugo nos comentó: "es la primera vez que dejo el boliche solo por dos días, nunca me tomé más que una noche por semana para descansar". ¿Cómo es eso?: si en la Argentina nadie hace la plata trabajando.

Corría el año 1996 y mi familia recibió una noticia devastadora: la enfermedad de mi hija, que hoy tiene 29 años y vive en Canadá. Fueron cinco años difíciles, yendo y viniendo al Hospital Garrahan.

Por esos vaivenes del "hospital de día", muchas veces nos tocaba almorzar antes de las 12. Y ahí estaba Hugo abriéndonos sus puertas antes del horario "normal".

Hugo es uno de esos amigos de los que uno siente que siempre recibe más de lo que da. Y es así nomás.

Un día nos envía por celular una foto: era una de las 40 cavas con que la LB rinde homenaje a sus clientes más asiduos, que lleva el nombre de uno.

Por eso esta noche, como cada 27 de marzo y sin que haya invitación formal porque él da por descontado que iremos y por tanto la mesa estará esperándonos, estaremos brindando por un nuevo año de vida. Y son 30, nada menos.

En la caótica economía argentina, donde todo cuesta el triple, haciendo frente a la inflación descontrolada, La Brigada cumple tres décadas. Hoy por hoy (y lo será toda la vida) es el restaurante en el que uno comió más veces. Serán 500 más o menos, no las contamos, pero lo deducimos.

Salud Hugo Echevarrieta, amigo, empresario exitoso, trabajador incansable, buen padre, un tipo derecho y humilde. Como todo hombre, también él tiene un talón de Aquiles: es hincha de Independiente. Al fin y el cabo, nadie es perfecto en esta vida.

Pero a Hugo todo se le perdona este "desliz" porque pocos son como él. Amigo de sus amigos, como hay pocos y, por eso, como dice el tango: "Los amigos se cotizan, en las malas y en las buenas".

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