Conocimos a Ezequiel Gallardo en la última etapa de Katrine, el mejor restaurante de la década del ’90, que marcó una época en Puerto Madero cuando nacía el barrio más joven de la ciudad.
Tras ello, el chef tuvo varias experiencias en los que dejó el sello de su estilo, basado en ingredientes nobles y un manejo excelso de esos mismos productos. En definitiva, una cocina nada pretenciosa pero de alto nivel, algo así como un elogio de la sencillez.
Desde hace varios años, Ezequiel cocina en Treintasillas, su reducto “a puertas cerradas”, en el barrio de Colegiales. La dirección exacta será develada al momento de hacer la reserva.
Para acceder a Treintasillas hay que escribir un mail o llamar por teléfono. Ahí te darán la dirección y las instrucciones.
Fuera de las noches de jueves y viernes, el chef recibe reservas para eventos y cenas especiales. Por discreción no vamos a dar nombres, pero damos fe de que gente famosa y muy poderosa suele ocupar algunas de las treinta sillas de Ezequiel.
El local posee un salón principal y un quincho en el fondo, apto para asados y demás menesteres gastronómicos.
Hay un menú fijo de cuatro pasos, de excelente relación precio calidad, cuyo valor incluye bebidas no alcohólicas y café. El vino se paga aparte, a buen precio y con servicio impecable (temperatura adecuada, entre otros factores, que no suelen ser tan comunes en nuestra gastronomía).
Los platos cambian semanalmente, pero para dar una idea descriptiva, tomamos uno de los que Ezequiel preparó últimamente: paté de foie, chutney de tomate, pan brioche y berro; langostinos, chaucha, espinaca; miel y limón; ojo de bife braseado, calabaza, rúcula y chimichurri; cheesecake de chocolate blanco.
Treintasillas es un lugar mal llamado de “a puertas cerradas”. En realidad, es fácil abrirlas y bien que vale la pena hacerlo.
Conocemos a Fernanda Tabares desde hacer muchos años. Con intermitencias, hemos asistido a la vieja casona del barrio de Saavedra, donde desarrolla una cocina que ahonda en la infancia, en la cocina casera, en la emoción del recuerdo de lo que nos hacían nuestras abuelas y madres, por qué no también abuelos y padres. Raíces no es un bodegón más, es "el bodegón", donde conviven los platos que ya no son tan habituales o que la chef ha reinterpretado. A continuación, van nuestro comentario y también el de Carla, que pertenece a otra generación como periodista acreditando, además, su identidad peruana. Dos versiones para un mismo lugar.
Casi dos años más tarde, volvimos a Somos Asado. No es una parrilla tradicional ni lo quiere ser: sí un restaurante de carnes con las propias interpretaciones de Gustavo Portela. Por otra parte, la estructura edilicia permitió armar distintos espacios dentro de lo que fuera en su momento una fábrica de camisas del abuelo de Verónica Krichmar, maître del restaurante y esposa del chef.
Cuando la sofisticación gastronómica decide ignorar los protocolos: así nace esta propuesta de "cocina de barrio" y descontracturada de club, destinada a despertar el costado más inquieto de Las Cañitas.