Esta Baita (palabra en dialecto piamontés) no está en el frío de la montaña, pero te da de comer como en los originales refugios de los Alpes. Cocina italiana con una carta extensa, en la que predominan las recetas del norte italiano.
La Baita- Thames 1603- Teléfono: 4832-7234. Todos los días mediodía y noche. Principales tarjetas.
Cocina: Italiana
Barrio: Palermo Soho
Precio: $$$$
Las baitas se han diseminado por todo el territorio peninsular, ya sea por los Alpes como por los Apeninos, cadena montañosa que corta por la mitad a la bota, de norte a sur. De estilo rústico, en la baita se da de comer y se aloja a los huéspedes en un ambiente informal.
La Baita porteña funciona desde hace varios años en la esquina de Thames y Honduras, con una propuesta que nos remite a recetas tradicionales, con mayor presencia de las especialidades del norte italiano.
La carta, queda dicho, es bien extensa e inclusive permite encontrar platos tradicionales poco frecuentes en otros ristoranti locales. Un ejemplo son los bucatini cacio e pepe (con pecorino romano y pimienta negra). Inclusive, una especialidad piamontesa, como la bagna cauda, se prepara a pedido con anticipación y siempre que se consiga cardo.
Entre los antipasti, hay bresaola con rúcula, pimientos y alcaparras; carpaccio de salmón o de ternera; hongos grillados sobre fonduta de quesos y rúcula; langostinos salteados con ajo y guindilla, más cous cous saborizado; o directamente los antipasti para compartir ("La Baita" o "del Contadino").
La pasta fresca abunda en ravioli (a la manteca y salvia; de ricota de oveja alla scarparo; de cordero con crema a la menta; de salmón ahumado). También fusilli a la calabresa; tagliatelle con brócoli o con hongos del bosque; tortelloni rellenos de carne con hierbas.
Las pastas secas son por supuesto italianas: penne o spaghetti alla putanesca; bucatini perfumados con cáscaras y gajos de pomelo. Y lasañas (bolognese, de berenjenas, de la huerta), y canelones de verdura y ricota.
Los risotti van desde el tradicional "di mare"; con hongos del bosque; con habas, alcauciles y champiñones; o negro.
Las opciones de carnes incluyen conejo (a la cazadora, o envuelto en masa de hojaldre), cerdo (a la fiorentina, con reducción de vino tinto y papas rústicas, o con costra de aceitunas negras con manzanas asadas y papines); jamoncito de pollo a la diavola; saltimbocca alla romana; cotolette alla milanese con alcaparras, y el clásico ossobuco en gremolada alla milanese.
La bistecca dissosata es un ojo de bife preparado en costra de ajos con espárragos y alcauciles gratinados. Además, pescados (fritto di mare, pincho de salmón con langostinos y verduras; pesca del día.
Los postres, si uno tiene el coraje de seguir comiendo, dada las porciones generosas de los platos salados, son los más clásicos de la cocina italiana: tiramisú, panna cotta, affogato, etcétera.
La carta de vinos es extensa. Y la ambientación típica, como solemos encontrar en cualquier trattoria italiana. Hay que tener en cuenta que los platos son abundantes; algunos son compartibles.
La Baita es rústica y cálida como los famosos albergues y comederos de montaña de los Alpes y los Apeninos. Pero con la ventaja de que está mucho más cerca, en Palermo, el barrio porteño más extenso y no en la ciudad del mismo nombre en la isla de Sicilia.
En la esquina de Gurruchaga y Pasaje Cabrer se encuentra Carmen, un restaurante y pastificio que logra unir la tradición de la pasta, tan arraigada entre nosotros, con la creatividad de su chef, Nacho Feibelmann. Aquí el diferencial son las otras formas de cocción utilizadas: a las brasas, disco de arado, rescoldo, kamado.
Los restaurantes de clubes tienen un encanto particular. Y lo bueno es que están abiertos para socios y público en general. Salvo aquellos pertenecientes a instituciones de fútbol, donde suelen "mandar" los barras, ofrecen seguridad y una cocina simple y honesta, a precios realmente accesibles. Y, además, a veces nos deparan alguna sorpresa como la cava del Comedor GEVP (Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque).
El dicho "pum para arriba" tiene, en este caso, varias interpretaciones. Dicen que es un invento argentino, y que obedece al descorche de una botella de champán. A Winston Club le cabe también el hecho de que, para acceder al living del entrepiso, hay que subir una escalera empinada que nos transporta a vivir una experiencia gastronómica singular. Y, finalmente, a que cada vez que hemos ido a disfrutar del menú de pasos del chef Jonás Alba, la evolución ha ido in crescendo, bien para arriba.