A raíz de que el periodista chileno Patricio Tapia calificó de “animales” a un grupo de enólogos que trabajan para o cerca del "célebre" Michel Rolland, Fondo de Olla (demostrando una vez más su deseo de respetar todas las ideas) aporta dos visiones diferentes sobre el mismo tema. Opinan uno de los editores, Juan Carlos Fola, y nuestro columnista de vinos, José Luis Belluscio
En primer lugar quiero decir que me importa un bledo lo que opina Patricio Tapia, periodista trasandino al que han hecho famoso aquí los programas de El Gourmet.com y su revista homónima. Pero descalificarlo porque sea chileno, o quizá porque algunos piensan que trabaja a favor de los intereses de las bodegas de su país, resulta totalmente inaceptable. Hace poco, explotó la bomba cuando el mediático Patricio Tapia escribiera en la Revista Elgourmet.com acerca del Malbec de laboratorio. Muchos creyeron ver en sus declaraciones una especie de cruzada a favor de los vinos chilenos, contra la cepa más reconocida que tiene nuestro país en el mundo vitivinícola. El tipo dijo, palabras más palabras menos, que algunos Malbec argentinos se tienen que beber con tenedor y cuchillo. Se refiere a aquellos que tienen “mucha madera, una concentración enorme en sabores, más un color intenso, sangre brotando de las venas”… “astringencia, dureza, vinos que raspan el paladar”. Y habla después de la sangría, cual un Brascó chileno. Los “Rolland boys” locales se pusieron como locos.
Una tormenta de chauvinismo se desató sobre las espaldas del crítico chileno. Ahora bien, sabemos que los yanquis les gustan (por ahora) estos vinos “apetrolados” salidos de las calderas de EnoRolland, y por eso los hacen aquí, para vender mucho. Son todos iguales, globalizados, imposibles de determinar en su origen, terruño, cepa, enólogo, ingeniero agrónomo, etcétera. Es verdad que los vecinos están preocupados por el auge de nuestros vinos en el enorme mercado yanqui. Pero Tapia también es capaz de hablar maravillas de los Cabernet de Carmelo Patti, de algunos vinos salteños, como también lo hace generalmente de los de su patria. A diferencia de muchos (la mayoría) de mis colegas y de sommeliers dedicados hoy a la escritura, creo que si bien Rolland ha hecho una gran contribución para que nuestros vinos tuvieran un espacio en el mercado internacional, no es responsable ni siquiera mínimamente de los grandes vinos que tiene nuestro país. Tampoco creo que el francés, como se dice, haya formado un semillero de fabulosos profesionales (que hacen en teoría lo que él les pide y enseña).
Patricio eligió como destinatarios de su despiadada crítica, a tres enólogos “rollandianos” como Marcelo Pelleriti, Gabriela Celeste y Adrián Manchón. Los calificó como “Los tres salvajes”. Pero hay que poner las cosas en blanco sobre negro. Es verdad que no hace falta que venga un tipo de afuera a pontificar sobre los vinos argentinos. Pero tampoco se puede descalificarlo por simple chauvinismo. En lo particular, coincido con él en lo de los Malbec a los que les agregan “esteroides”, les hacen “tetas grandes” y les “operan la cola”. No me gustan para nada, son vinos distorsionados, que carecen de buena parte de las características naturales de la variedad. Prefiero una mujer de 50 con arrugas que la que disimula los años con mucho botox y bisturí. Basta de defender lo indefendible, no se puede hacer chauvinismo barato para descalificar a un tipo que prefiere el Malbec en estado natural antes que los “rollandianos operados”. Y terminen enólogos, periodistas y sommeliers con tanta cháchara. Si los argentinos hacemos vinos buenos y trabajamos mancomunadamente como industria, los chilenos no tendrán chance con nosotros. Con Tapias o sin Tapias.
Ante todo quiero aclarar que de ninguna manera es mi intención desacreditar a alguien por su nacionalidad, ni tampoco exaltar las bondades de los vinos argentinos per se. Explicaré por qué estoy convencido de ello. Me parece que cuando uno expone cuáles son los gustos propios, lamentablemente deja de lado la pobre condición (o alta) de saber discernir acerca de la calidad de determinados productos, en este caso el vino. Y a su vez, creo, menosprecia a los lectores, supone les interesa qué le gusta a él y qué no. Si hilara más fino, los mismos bodegueros alimentaron el monstruo.
Es indudable que Tapia, al ver a su industria vitivinícola amenazada en algunos mercados, pretende instalar desde sus notas una discusión, y de manera poco clara (o no) menoscabar los vinos argentinos o desprestigiarlos, para que algunos vinos chilenos tengan más posibilidades en mercados copados por productos con mejor relación calidad precio, como son los Malbec argentinos en EE.UU., nuestro principal mercado comprador.
La subjetividad es algo inherente al ser humano, pero cuando debemos comunicar intentamos hacerlo con la mayor objetividad posible, relevando calidades para revelar, caso contrario venderíamos productos. Y el periodismo no es eso. Por ello, resulta tan importante en el caso de los vinos, poder descubrir sabores sin conocer la etiqueta, a ciegas, para no estar influenciados por nuestro corazón, que siempre está presente para traicionarnos. Poner puntajes de vinos a etiqueta descubierta, por lo menos me parece desprolijo.
Marcelo Pelleriti (Bodega Monteviejo), Adrián Manchón (Bodega Cuvelier de Los Andes), Pablo Richiardi (Bodega Flechas de los Andes) y en menor medida, porque los conozco menos, Rodolfo Vallebella (Bodega Rolland), Silvio Alberto (Bodega DiamAndes) y Gabriela Celeste (EnoRolland), lejos de ser “animales” como dice esa nota, son apasionados profesionales enólogos, artesanos de vinos reconocidos en la Argentina y el mundo. Sólo hay que ir en momentos de cosecha para verlos lidiar con las barricas de roble nuevas en las microvinificaciones. O hablar con ellos después de un fenómeno climático (helada, granizo) que afecte sus plantaciones.
No hay duda de que los vinos de M.R. son difíciles cuando están jóvenes. Porque son vinos para guardar, algo que debemos aprender todavía. No tenemos experiencia en comprar vinos para estibar en nuestras propias cavas. ¿Cuántos son los que probaron un vino de Rolland con cinco o seis años de estiba en botella? ¿O acaso los vinos franceses de calidad se consumen recién salidos al mercado? Por favor, para aquellos que crean que estoy haciendo un parangón con los vinos franceses de gran calidad, no es así. Por ejemplo, he probado algunos Saint Estephe (región difícil para mí) de quince años de cosecha que no los pude disfrutar. Y el caso particular de Cos D´Éstournel 1986 (Saint Estephe) que recién disfruté (y muchísimo) en 2007. Quizás, estos vinos argentinos pensados para la guarda se disfruten recién a los cinco o seis años de cosecha. ¿Por qué no probar? ¿Acaso al enólogo de alguno de esos grandes Chateau franceses, algún inglés le dice “animal” por no poder probar esos vinos o no estén en su mejor momento? El consumidor decidirá si le gusta más o menos la concentración y la explosión, que es la técnica de vanguardia, lo último que se hace en Europa en vinificación, como me afirmó Rolland el día de la entrevista. Pero descalificar sin argumentos o puntuar sin limitar gustos propios o fuera de toda técnica, como lo hace Patricio Tapia, por lo menos me parece desprolijo.