Osobuco del Rey: un símbolo de La Casona de Belgrano
Viernes, 13 de febrero de 2026
Hay platos que no solo se vuelven virales: se convierten en declaración. Y eso es exactamente lo que está pasando con el Osobuco del Rey, en la Casona de Belgrano.
La Casona de Belgrano - Arribeños 1701, esquina José Hernández. Horarios: martes a sábados, de 20:00 a 23:30. IG: @lacasonadebelgrano. Reservas por Wokiapp.
Llegamos al Club Belgrano con la curiosidad de quien entra por primera vez a un club porteño centenario. El recorrido hasta el restaurante ya marca el tono: atravesar espacios sociales, ver las canchas, los sectores comunes, entender la lógica de un lugar pensado para la comunidad del barrio. Es exactamente ese tipo de espacio que uno imagina cuando piensa en encuentro y pertenencia.
Una vez dentro del restaurante que funciona dentro del club, La Casona de Belgrano, el clima cambia, pero mantiene la misma línea. Madera, calidez, mesas ocupadas, reservas completas; y, sin embargo, ningún ruido invade. Hay armonía en las conversaciones, en el servicio y en el ritmo de la noche. Todo fluye.
Tras una cálida bienvenida del equipo y el saludo cercano del chef, comenzó la experiencia. Empezamos por las croquetas de espinaca y parmesano, con crema de remolacha. Para ser un plato asociado al bodegón clásico, esta entrada tiene una vuelta de rosca interesante. Crocantes por fuera, jugosas por dentro, y el punto wow está en esa crema de remolacha, que casi juraría que tiene un dejo caramelizado. Un bite espectacular.
Luego apareció el dúo de empanadas de lomo al Malbec y de bondiola al verdeo, un match perfecto: la de lomo tiene profundidad y carácter, la de bondiola, en cambio, es más untuosa y aromática. No podría elegir una sobre la otra; compiten entre sí y aun así comparten el mismo escalón ganador, funcionando como un inicio sólido de lo que promete la noche, ya maridando con un Jorge Rubio Privado Oasis Sur Malbec que acompaña cada plato con equilibrio, sosteniendo los sabores sin imponerse y dejando que la cocina siga siendo la protagonista.
Después apareció un giro interesante: los langostinos al ajillo al estilo oriental nos alejaron de lo clásico y nos llevaron a un terreno que disfrutamos mucho. Servidos sobre una base de curry tailandés, el picante está presente pero medido: no invade ni tapa, no cansa, y deja que se sienta la impronta oriental, bien ejecutada y con personalidad propia. Es el ajillo reinterpretado desde otra mirada, y funciona.
Con la mesa en pleno ritmo, llegó el risotto de salmón rosado, toda una experiencia sensorial. A la vista, la cremosidad perfecta. En boca, la ralladura de limón apareció primero y abrió el juego. Sin duda, ese toque cítrico aporta toda la magia del plato. Merece aplausos.
Y entonces llegó el momento que todos esperábamos: el Osobuco del Rey. El hueso imponente parece diseñado para una fotografía. La presentación entra por los ojos y el resultado confirma la expectativa. La cocción lenta de ocho horas se percibe en cada fibra, en la textura y en la profundidad del sabor. No solo es contundente; está trabajado con técnica y perfección.
El cremoso de papas acompaña en su punto exacto, y el maridaje termina de cerrar el círculo. Hoy entiendo por qué las redes no dejan de hablar de este plato. Lo que se está haciendo con el Osobuco del Rey no es casual. Un corte premium que al fin es tratado con respeto y visión.
Para cerrar como corresponde, hicimos espacio para el postre: llegó el flan para compartir, en una presentación tan linda como abundante y con un mood súper casero, acompañado por dos cafés que siguieron amenizando la charla. Para ese momento, el chef ya estaba sentado con nosotros y la conversación se había vuelto más distendida y cercana.
Siento que esta linda charla con Miguel Ángel Sosa, chef que comanda este ya emblemático restaurante, nos muestra que detrás del Osobuco del Rey, plato insignia del lugar, no hay una moda pasajera. Su objetivo es desafiar la idea instalada durante años en la Argentina de que el osobuco es un corte menor, estacional y limitado a un puchero de invierno.
Cada paso en su elaboración, desde la cocción prolongada hasta la selección de ingredientes, pasando por el vino y todo un artificio profesional, logra que cada bocado se convierta en un plato de otra dimensión.
Con todo lo vivido esa noche, hoy puedo decir que La Casona de Belgrano no es solo una experiencia de cena. Es una postura. Y el Osobuco del Rey es su bandera.
Casi dos años más tarde, volvimos a Somos Asado. No es una parrilla tradicional ni lo quiere ser: sí un restaurante de carnes con las propias interpretaciones de Gustavo Portela. Por otra parte, la estructura edilicia permitió armar distintos espacios dentro de lo que fuera en su momento una fábrica de camisas del abuelo de Verónica Krichmar, maître del restaurante y esposa del chef.
Cuando la sofisticación gastronómica decide ignorar los protocolos: así nace esta propuesta de "cocina de barrio" y descontracturada de club, destinada a despertar el costado más inquieto de Las Cañitas.
Si existe un personaje histórico identificado por ser un sibarita hecho y derecho, ese mismo es Sir Winston Churchill. Más allá de tratarse de un británico, algo que a los argentinos suele caernos mal, la figura de este personaje con enorme gravitación en la historia del Siglo XX, nos cae simpático por ser un amante casi obsesivo de la comida y la bebida. De ahí que ir a Winston Bar, ya se su pub de la planta baja, como al living ubicado escaleras arriba, resulta no solo un homenaje a esta figura emblemática durante la Segunda Guerra Mundial, sino también un regocijo a nuestros sentidos de la mano del chef Jonás Alba. En esta nota doble, uno se refiere a la experiencia que comenzó el año pasado y la otra a la visión más joven y descontracturada, menos flemática, de Carla.