A la sombra del pehuén

Piñones de araucaria, un alimento milenario

Martes, 15 de mayo de 2018

El pehuén o araucaria es una especie endémica, que solo se encuentra entre Copahue hasta Huechulafquen. Está considerado como el árbol sagrado del Neuquén. Y sus piñones son un allimento milenario.

Nuestra primera aproximación y al conocimiento del piñón de araucaria, había sido en la ciudad de Neuquén, durante el Salón de Alimentos Neuquinos y Vinos de la Patagonia Argentina, hace cinco años atrás.

Fue en un stand donde se exhibía el producto, a través de una productora de Villa Pehuenia- Moquehue, María Teresa Stowhas, a quien reencontramos días atrás con motivo de asistir al Festival del Chef Patagónico. Y no solo eso, sino que visitamos Huerquen, en Moquehue, donde "Coti", como todos la llaman, elabora sus productos a base de piñones.

Se notan a prima facie la pasión y el cuidado obsesivo por la elaboración y el cuidado del producto. Su finca está atiborrada de araucarias, y "Coti" nos explica que hay machos y hembras. Los primeros producen el polen y las segundas, lo fecundan luego de que el viento haga su trabajo, llevándolo de unos árboles a otros.

Se calcula que cada piña puede contener entre 200 a 300 piñones, y por lo general un árbol produce alrededor de 30 piñas. Hoy está prohibida la cosecha y su comercialización sin procesar, más que nada para proteger el recurso.

El pehuén está considerado como un fósil viviente, que ya existía mucho antes de que se formara la Cordillera de los Andes. Y el piñón formó parte de la alimentación de los pueblos originarios, los pehuenches, que forman parte de la cultura mapuche. Ellos los consumían hervidos o tostados, también los utilizaban como medicina.

Por un lado hay que decir que estos piñones nada tienen que ver con los que en Italia se usan para hacer el pesto genovés. Estos derivan de la especie Pinus pinea (pino piñonero), son más chiquitos y con su cáscara más dura.

Sin embargo, en Villa Pehuenia, hay varios productores que han encontrado la manera de utilizar los piñones, ya sean para elaborar harina (hay alfajores, por ejemplo) y otros subproductos del piñón de araucaria.

"Coti" nos recibe en Huerquen en una fría mañana otoñal, en la que el agua que sale de un grifo parece escarcharse solo en contacto con el aire fresco de Moquehue, la vecina localidad que conforma el municipio con Villa Pehuenia. Ella nació en Valparaíso, Chile, lo que denota su acento pese a que hace muchos años que vive de este lado de la cordillera. Su esposo, en cambio, es mendocino.

Nos cuenta que un día, angustiada porque hacía falta generar ingresos para vivir dignamente, salió a caminar con el bosque y tuvo una visión. Religiosa como es, María Teresa dice que sintió un llamado de "Dios", que le marcó el camino en dirección a los milenarios piñones, que han sido alimento de los mapuches desde hace siglos.

Las semillas del pehuén estaban ahí, cayéndose de los árboles, sin necesidad de recolectarlos ni de comprar el insumo afuera. Y así nació Huerquen, una PyME que llevó tiempo y paciencia hasta que logró establecerse con un portafolio de productos bastante amplio.

"Coti" hoy elabora dos licores, uno tradicional y otro de piñones tostados, que tiene un final de boca voluptuoso y envolvente. Los hace también de otras variedades, pero también con los piñones hace escabeches, aderezos, en vinagre y dulces, además de los alfajores.

Vale agregar que en Huerquen idearon una máquina para pelar piñones. A través de un crédito del COPADE, un organismo provincial, y el financiamiento del CFI lograron fabricarla y la exhibe orgullosa "Coti", quien asegura que la creación de su "viejito".

Para concluir, nada mejor que una leyenda, algo extensa pero muy interesante:

"Desde siempre Nguenechén (Nota de la Redacción: "Dios creador de los mapuches") hizo crecer el pehuén en grandes bosques, pero al principio las tribus que habitaban eses tierras no comían los piñones porque creían que eran venenosos. Al pehuén o araucaria lo consideraban árbol sagrado y lo veneraban rezando a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo, y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones. Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos".

"Pero ocurrió que en toda la comarca hubo unos años de gran escasez de alimentos y pasaban mucha hambre, muriéndose especialmente niños y ancianos. Ante esta situación, los jóvenes marcharon lejos en busca de comestibles: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres. Pero todos volvían con las manos vacías, pareciendo que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente se seguía muriendo de hambre".

"Pero Nguenechén no los abandonó, y sucedió que cuando uno de los jóvenes volvía desalentado se encontró con un anciano de larga barba blanca.

- ¿Qué buscas, hijo? -le preguntó - Algún alimento para mis hermanos de la tribu que se mueren de hambre. Pero por desgracia no he encontrado nada. - Y tantos piñones que ves en el piso bajo los pehuenes, ¿no son comestibles? - Los frutos del árbol sagrado son venenosos abuelo -contestó el joven. - Hijo, de ahora en adelante los recibiréis de alimento como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en sitios subterráneos y tendréis comida todo el invierno".

"Dicho esto desapareció el anciano. El joven siguiendo su consejo recogió gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido. Enseguida reunieron a todos y el jefe contó lo acaecido hablándoles así: - Nguenechén ha bajado a la tierra para salvarnos. Seguiremos sus consejos y nos alimentaremos con el fruto del árbol sagrado que sólo a él pertenece. Enseguida comieron en abundancia piñones hervidos o tostados, haciendo una gran fiesta. Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban grandes cantidades de piñones que guardaban bajo tierra, y se mantenían frescos durante mucho tiempo. Aprendieron también a fabricar con los piñones el chahuí, una bebida fermentada".

"Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de pehuén, rezan mirando al sol: ?a ti de debemos nuestra vida y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir a los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados'".

"Coti" Stowhas, junto a un ejemplar viejísimo de araucaria.

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