Editorial

¿Deben los críticos comer solos o acompañados?

Lunes, 22 de enero de 2018

El tema salió durante un almuerzo compartido con la colega Alicia Sisteró en Tanta. Cuando estamos haciendo una crítica, a ella le gustan las comidas en soledad, a mí me gusta comer acompañado.

Quienes han visto alguna vez la serie más popular de Italia, "El Comisario Montalbano" sabrán que al policía siciliano no le gusta hablar cuando come. Ni siquiera cuando comparte la comida con alguna de esas despampanantes tanas que suelen tirársele de cabeza a Salvo, que lleva ese apellido en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán, el creador de Pepe Carvalho, el detective apasionado por la comida.

En lo personal, puedo hablar y mucho, pero no por el celular sino cara a cara. Pero jamás me quedaría callado porque no como solo. No me gusta. No disfruto la comida sino la comparto. Aunque esté "trabajando". Y hay varias razones para justificarlo.

En primer lugar, para luego escribir una nota no necesito concentración como si estuviera jugando al ajedrez. Puedo hacer las dos cosas simultáneamente: degustar un plato y charlar con mi acompañante. Y si es preciso, compartiendo los platos. Esto implica que a la mesa llegarán más variantes y por ende, así tendremos una visión ampliada del menú.

Por lo general, durante un almuerzo o una cena a la que concurro para escribir luego mi crítica estoy acompañado de amigos (o familiares directos quedó dicho) que tienen conocimientos como debatir puntos de vista que no tienen por qué ser compartidos en un ciento por ciento.

Como bien lo refleja el dicho: "cuatro ojos ven más que dos", o seis, ocho o diez todavía más. En los últimos años he compartido viajes gastronómicos con un grupo integrado por seis amigos, todos conocedores del tema. Fue una experiencia inigualable. Nos abrió la cabeza, sobre todo en el caso de Lima. Luego volví al año siguiente con esposa e hija, y el resultado fue el mismo, pese a que éramos tres y no seis.

Más aún cuando uno tiene el privilegio de que el dueño de casa Micha (en Maido), se sentara con nosotros durante la degustación de 16 platos del menú. O en el más reciente viaje a Santiago de Chile, donde nuestro grupo numeroso se dio el gusto de compartir la cena en La Mar, con el gerente del restaurante, Bogdan Piotraszewski, todo un privilegio. Esa presencia, así como los comentarios que iban haciendo mis compañeros de mesa, sirvió para enriquecer lo que luego volcamos en la crítica de esos lugares.

La profesión me ha llevado al exterior muchas veces. Y por ende, en ciertas ocasiones debí comer en soledad. Salvo que la comida fuera en un restaurante que había que conocer sí o sí, la opción era comer algo al paso, rapidito y luego al hotel. Nada de estar sentado a la mesa en solitario durante tres horas.

Me da cierta tristeza cuando observo a alguien comiendo solo. En compartir está la sal de la vida. Pero claro, siempre hay excepciones que confirman la regla. Esas "mezasas", diría Mirta, en las que agencias de prensa mezclan el agua y el aceite se tornan una tortura.

¿Se imaginan a uno sentado cerca de los blogueros que se jactan de ir a comer gratis a todos lados? ¿O al que publica recetas tan elementales y burdas que sentimos que están agrediendo nyuestra inteligencia? ¿O que tus colegas se pongan a hablar de política y tenés que irte antes del postre para no pelearte, como pasó más de una vez?

Como ocurre siempre, no hay reglas fijas porque no todos trabajamos con el mismo sistema y los mismos códigos. Como a mí no me gusta manguear ni pedir que me inviten, hay colegas que lo hacen y no se les mueve un pelo ni se ponen colorados de vergüenza. Jamás pido que me manden un vino, como hacen muchos. El que quiera enviarlo de motus proprio, será bien recibido.

Tampoco me parece mal que una colega, como en el caso de Alicia Sisteró, prefiera ir sola cuando se trata de escribir una crítica del restaurante X. No todos somos iguales, ni necesitamos el mismo contexto para hacer nuestro trabajo.

Por última, un par de disculpas. La primera, que hemos dejado al margen en este caso esa regla tácita no escrita del periodismo, que indica que hay que utilizar el plural de modestia. Me parece que esta vez se justifica no haberlo hecho.

Y segundo, que tal vez esta nota solo sea de interés mayormente para nosotros los periodistas. Pero también sabemos que a los lectores les encanta conocer la interna de nuestra profesión.

Como quedó en evidencia, será casi imposible que me vean comiendo solo en un restaurante. A mí no me va eso de que "mejor solo que mal acompañado". Nunca estoy mal acompañado, porque trato de elegir con quién quien compartir la comida. Y eso me enriquece en todos los aspectos.   

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