El señor de las etiquetas

Martes, 11 de septiembre de 2012
Para muchos es conocido por ser el hijo de Pérez Celis, pero Sergio Pérez Fernández se ha ganado un espacio protagónico, por mérito propio, en el ambiente de los vinos y las bebidas en general. De su inventiva, salen las etiquetas de botellas más originales y creativas.

El estudio y vivienda donde se efectuó la entrevista queda en el barrio de La Boca. Se trata de un espacio concebido para acentuar la creatividad en el marco de un ámbito enriquecedor, rodeado de obras de arte, vitraux, paredes pintadas con diferentes colores, cuadros, una vinoteca, sala de juegos, imágenes trabajadas en madera traídas de Cuba, una salita especial que ha sido transformada en el ámbito de inspiración del entrevistado y hasta un árbol recogido en la calle y que se ha incorporado al ambiente. Sergio nos cuenta que su infancia transcurrió durante la década del ‘60 entre el Instituto Di Tella y los atelieres de reconocidos plásticos argentinos. El mismo estudió diseño gráfico en la Escuela Panamericana de Arte y en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Sus principales referentes fueron Oscar Rovito, quien le enseñó el arte de la tipografía, y Andrés Cascioli, que lo formó en el diseño editorial y al cual considera como un auténtico maestro. Sus primeros pasos en el diseño gráfico fueron en la revista “Rock Super Star”. Durante más de 10 años, trabajó como director de arte en Ediciones de la Urraca (editora de las revistas Humor, SuperHumor, El Periodista de Buenos Aires, El Péndulo y Mutantia).

Podríamos seguir enumerando trabajos y experiencias de Pérez Fernández en el mundo del arte, pero ahora queremos contarles a los lectores de FDO sobre su especialidad desde hace 20 años: el diseño de etiquetas de vinos (y también de cervezas). Señala Sergio que en la década del ’80, cambió la historia del vino en la Argentina. Los bodegueros comenzaron a preocuparse más por la calidad que por la cantidad. En esa época, el marketing del vino tomó conciencia de que una de las formas de comunicación era la estética. Fue así que comenzó a trabajar con algunas bodegas, que fueron precursoras de lo que más adelante sería un “boom” enla Argentina. Esincuestionable que la imagen que se le da a las etiquetas se convierte en el principal vendedor del producto.

Considera que a través de la etiqueta, se envía un mensaje de posicionamiento del producto hacia el consumidor. “Me atrevería a decir que la imagen de la etiqueta es hasta más importante que el producto que hay adentro del envase, porque mucha gente compra por lo que ve”, afirma Sergio. Para concretar sus trabajos, se realiza un estudio exhaustivo del consumidor en cuanto a sus gustos, posicionamiento social y lugares de venta. Se trata de un análisis profundo que desemboca en el diseño. Hay consumidores que son más conservadores y otros más vanguardistas. El diseño se orienta siempre al público al que se quiere llegar. A través de la etiqueta, se trabaja con sensaciones y códigos de pertenencia. Cuando se compra un vino, suele ir acompañado con la adquisición también de un determinado estilo de vida, de una emoción. “El vino que está mudo en la góndola, tiene la posibilidad de transmitir esas emociones a través de la estética de la etiqueta”, afirma Pérez Fernández.

“En el marco de este trabajo personal que se denomina ‘diseño de autor’, al que llegué después de más de 30 años de dedicación, alcancé objetivos significativos”, afirma Sergio. Por ejemplo, en el año 2002 ganó la Medalla de Oro al mejor diseño de packaging del mundo en Vinitaly, la muestra que se realiza en la ciudad de Verona. Le pedimos que nos enumere algunas bodegas para las cuales ha creado sus etiquetas, y nombra, entre otras, a Casa Bianchi, Catena Zapata, Esmeralda, Luigi Bosca, Escorihuela, La Rural, Navarro Correas, el Grupo Pernod Ricard (Etchart, Graffigna), Seagram, Quirós, Lagarde, Fincas Andinas, Secreto Patagónico, Lurton, Cavas de Weinert, Suter, Familia Schroeder, Nofal Alonso, Varela Zarranz (Uruguay) y la Cervecería Antares. Sergio tuvo participación en publicaciones internacionales especializadas en diseño, como “Print”, de los Estados Unidos, “Novum” de Alemania y “Línea Gráfica” de Italia.

Sergio afirma que el vino ha sido considerado históricamente como “el lubricante social” de la Humanidad. Participó en momentos clave de la historia, en la última cena, en el bautismo de grandes barcos y, sin lugar a dudas, las orgías romanas tuvieron como gran protagonista al vino.

A pesar de su popularidad y consumo generalizado, el vino fue anónimo y percibido como algo simple y con una sutil o nula diferenciación entre sus diferentes tipos. Su imagen externa nunca fue considerada hasta nuestros días; sin embargo el diseño de etiquetas revolucionó e influenció el consumo del vino más que cualquier otro acontecimiento en la historia.

Actualmente no se concibe un buen vino sin un buen packaging. “Un excelente vino no sólo debe serlo, sino también parecerlo”, concluyó Pérez Fernández.




Salvemos a los Pingüinos

Nunca olvidaré mi infancia en la década del ?60 cuando luego de pasar horas
con mi padre en el Instituto Di Tella de la calle Florida íbamos a comer a los
bodegones del bajo porteño. En ellos nos encontrábamos con artistas plásticos,
músicos y escritores que  “revolucionaban”  sin saberlo el arte argentino.
Todavía sobrevive “El Dora” sobre Leandro Alem como testigo activo de esa
época. También eran muy habituales las cenas en las cantinas de La Boca
sobre la calle Necochea como “La Cueva de Singarella”, “Spadavecchia” o “Il
Pícolo Navío” donde cambiaba el escenario de artistas de vanguardia por
artistas tradicionales boquenses.


Ambos grupos, vanguardistas y tradicionales, tenían en común el “vino de la
casa” que bebían, servido en unas particulares jarras blancas con forma de
pingüino. Infaltables en los bodegones de esa época hasta mediados de los
?70.


Por aquellos años el vino común de los restaurantes, llamado comúnmente
“Vino de la Casa”, se distribuía en damajuanas de 5 lts. por lo que resultaban
absolutamente necesarias las jarras pequeñas para llevarlo a las mesas. ¿A
quién se le habrá ocurrido darle forma de pingüino a esas jarras y por qué? No
lo sé, si sé que se convirtieron en un ícono inseparable del vino de fonda y en
parte de nuestra historia.

Estos simpáticos y originales adminículos siempre llamaron mi atención. En
esas interminables comidas me divertía mucho más jugando con ellos que
escuchando a los mayores discutir sobre el sentido del arte.
Con el tiempo, y sobre todo con la aparición masiva de las botellas de ¾, los
Pingüinos pasaron a ser una especie en extinción junto al Tatú Carreta, los
Organitos o el Gofio.


Por eso quise rescatarlos del olvido y jugar con ellos tal como lo hacia en mi
infancia. El “Angurriento” que se toma las botellas de a tres, el “Ansioso” que se
pone las uvas antes que sean vino, el “Corrupto” que todo lo que le entra por
arriba le sale por detrás o el “Alegre” con sus cachetes colorados son parte de
las ocurrencias de un niño que creció con los Pingüinos y hoy sigue jugando.


Sergio Pérez Fernández
 

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