La reunión que se volvió restaurante

Un living platense en Palermo

Martes, 25 de agosto de 2026

Cuatro amigos, una cocina compartida y mesas que nunca se vacían: el recorrido por Cuatro Perros 1 Livin, un proyecto donde la comida sucede en el mismo lugar que la conversación, el vino y las ganas de quedarse.

Cuatro Perros 1 Livin - Dirección: José A. Cabrera 4723, Palermo Soho. Horarios: lunes a jueves de 19:00 a 00:00; viernes y sábados de 19:00 a 00:30, con o sin reservas. Instagram: @somoscuatroperros

Llegar a Cuatro Perros 1 Livin tuvo su propio recorrido antes incluso de sentarnos a la mesa. Coordinar la visita nos llevó más tiempo del habitual, con varios intentos hasta dar con la persona correcta.

Pero apenas encontramos ese contacto, todo cambió de ritmo: nos recibió Tomás Rodríguez Brust -Tommy, para el equipo y los habitués-, uno de los socios del emprendimiento, con una calidez que desarmó cualquier expectativa previa.

Entre plato y plato nos fue contando cómo él, Santiago Palma, Ailén De Baños y Nicolás Medina -cuatro amigos platenses que se conocieron trabajando en distintos proyectos gastronómicos-, decidieron un día sumar sus caminos y abrir este rincón de Palermo, hoy muy nombrado en la ciudad.

Llegamos temprano, muy a nuestro estilo, para ver el salón desde el inicio y, mientras nos acomodábamos, terminamos de entender por qué el local explota todos los días, y esa noche no fue la excepción: no quedó una sola mesa vacía en toda nuestra visita, con gente rotando de manera constante.

Nos ubicamos en un rincón muy cómodo, frente a las mesas bajas y sillones que funcionan más como el living de una casa que como el salón de un restaurante. La decoración es completamente descontracturada, con la barra integrada al mismo espacio donde se come, y una música que acompaña sin imponerse.

Entre la charla con Tommy y el movimiento a nuestro alrededor, todo empezó a sentirse como una fiesta familiar, numerosa y ruidosa en el mejor sentido, donde cada mesa parecía formar parte de la misma reunión.

Con esa energía todavía instalándose, llegaron los primeros platos. Abrimos con los buñuelos de verdura, acompañados de una crema de queso Toro Azul, uno de los platos que la propia casa recomienda cual sello de su cocina: frescos y esponjosos, que funcionaron como una introducción perfecta a lo que seguiría, una carta que no busca sorprender por sofisticación, sino por la manera en que reinterpreta lo conocido.

La secuencia siguió con el ceviche de pesca blanca, con kiwi, jalapeño y tortilla de maíz. A diferencia de las versiones tropicales más habituales de este plato, con mango o palta, acá el kiwi aportó una acidez y un perfil frutal diferente, mientras que el jalapeño se encargó del picor que un buen ceviche necesita para funcionar como tal. La tortilla, convertida en chips, sumó el contraste crocante que terminó de completar esta reversión.

Admito que, muy en contra de mi peruanidad, me costaría llamarlo ceviche, pero sí es, sin duda, un plato que repetiría por lo bien logrado que estuvo.

Cuando llegó la arañita (el llamado corte de "carnicero") madurada en koji, servida junto a ensalada rusa, mayonesa de anchoas y chimichurri, entramos en otro terreno: el de los cortes que durante años quedaron relegados en la carnicería argentina.

Más allá de cualquier debate sobre su nuevo lugar en las cartas porteñas, lo que se percibe en este plato es una búsqueda genuina de aprovechar el animal completo, entendiendo que hay piezas nobles en partes que durante mucho tiempo no recibieron la atención que merecían.

El guisito de garbanzos, acompañado de langostinos Jumbo asados y nduja con azafrán, terminó siendo el plato que nadie quiso compartir del todo. El tamaño de los langostinos impresiona como proteína protagonista, pero es el guiso el que realmente sostiene el plato: casero, reconfortante, de esos sabores que remiten a una cocina más cotidiana, dentro de una carta pensada, en general, para el picoteo y para poner los platos al centro de la mesa.

La carta de bebidas acompañó ese mismo ida y vuelta entre platos: fuimos por vinos naranjos, con una copa de tinto que se sumó sobre la marcha, dentro de una selección que cambia todo el tiempo y que la casa invita a consultar según las etiquetas disponibles.

Al mismo tiempo, conviven clásicos como el Negroni, el Aperol Spritz, el Fernet con Coca o un vermú de la casa, para quienes prefieren quedarse en terreno conocido. Esa combinación entre lo que rota y lo que permanece, también forma parte de la identidad de Cuatro Perros.

Llegado el momento de los postres, en Cuatro Perros aparece casi una segunda propuesta dentro de la misma casa: helados artesanales que traen desde La Plata y con los que arman una carta dulce con identidad propia.

Probamos el pionono, relleno de mermelada de frambuesas y helado de mascarpone, acompañado por salsa inglesa de té verde, frambuesas frescas y liofilizadas.

La Copa Cuatro Perros llevó el final a otro registro: helado de maní, helado de crema infusionado con limón, salsa toffee y nueces fritas, coronados por una cookie que llega recién horneada y todavía caliente sobre la copa.

Salimos con la sensación de haber estado, más que en un restaurante, en la casa de alguien que decidió abrir la puerta a todo el barrio. Todo aquel recorrido previo para llegar hasta ahí quedó atrás frente a lo que encontramos adentro: un equipo que, como el nombre promete, sigue construyendo este living entre amigos, cada vez más abierto a quienes llegan.

Linda primera experiencia, sin duda volveremos por más.

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