Velas nuevas, mismo fuego

Nueva casa para "Los Eternos" de Anafe

Viernes, 17 de julio de 2026

Del paté a una pavlova memorable, Anafe inaugura una nueva etapa sin alterar aquello que mejor sabe hacer: una cocina pensada para compartir, una carta de vinos seleccionada con criterio y una hospitalidad genuina que acompaña toda la experiencia.

Anafe - Dirección: Virrey Avilés 3383, Colegiales. Horarios: cenas todos los días desde las 20:00; almuerzos, viernes, sábados y domingos desde las 12:00, con o sin reservas. Instagram:@anafe.ba

Llegamos a Anafe una noche de lluvia, afuera la ciudad gris y mojada contrastaba con lo que encontramos adentro: telones largos, velas encendidas, el calor del horno de barro respirando como si nos envolviera en ese abrigo que necesitábamos. Fue un recibimiento cálido sin ser efusivo, con una intimidad que nunca se sintió forzada.

El lugar estaba full house ese jueves, con la barra completa y todas las mesas ocupadas, pero la cantidad de gente no modificaba el ritmo del salón. Había movimiento constante: conversaciones cruzadas, platos que salían desde la cocina abierta, mozos que circulaban entre las mesas y un equipo atento a cada detalle.

Todo ocurría con una cadencia propia, sin perder esa sensación que habíamos percibido apenas entramos.

Ya sentados a la mesa, el equipo nos animó a empezar por "Los Eternos", la categoría donde viven esos platos que no se van de la carta y que funcionan como parte del sello e identidad de su cocina.

Con esa recomendación, quisimos empezar por uno de los más aclamados: el paté de Anafe. Llegó en dos porciones chiquititas, bien armadas, como mini cupcakes conteniendo toda una arquitectura de sabores donde convivían lo dulce, lo salado y el umami, todo tan definido que no sabías si estabas comiendo una entrada o un postre.

La lisa curada estilo boquerón fue otra experiencia sensorial inesperada donde cada bocado contenía la esencia del mar, pero la dulzura natural de la remolacha y la crema agria creaban una combinación que no era la de los tiraditos que conocemos: sin pimentón ni exceso de aceite, solo sabores perfectamente proporcionados que hacían que el plato se quedara en la memoria.

Las gírgolas llegaron en un bowl con portobelos enteros y carnosos, acompañados de puré de cajú, pickle de shiitakes, pesto de pasas y nueces. Visualmente tenía algo de un pequeño ecosistema, una composición de elementos de la tierra, con algunos detalles de verde que lo hacían apetecible incluso antes de probar.

Es de esos platos que, cuando aparecen en una carta, sabemos que queremos pedir, no solo por el producto, sino por esa búsqueda de convertir un ingrediente protagonista en una experiencia completa.

La noche siguió avanzando entre platos que llegaban al centro de la mesa, y copas que acompañaban cada momento. El vino elegido fue el Traslapiedra Paraje Altamira de Mendoza, el Malbec de una carta que trabaja con bodegas independientes y boutique, evitando lo comercial, pero manteniéndose abierta a nuevas propuestas que dialoguen con su concepto de cocina. Fue un maridaje que acompañó toda la velada.

Pero fue con el arroz al horno de barro con sofrito de calamar, donde terminamos de entender por qué Anafe apuesta a este concepto de platos para compartir. La profundidad de ese fondo de calamar, la tinta oscura, el aroma envolvente y lo crocante logrado por haber estado en el horno, construían un plato con mucha identidad.

La morcilla aportaba esa textura cremosa y un sabor denso que lo hacía complejo, generoso y contundente, con la fuerza suficiente para convertirse en protagonista de la mesa.

Cuando llegó la pavlova, fue uno de los momentos más memorables de la noche. Los dos merengues, firmes por fuera, pero con ese interior más blando y húmedo que aparece apenas los partís, eran el centro de una composición completamente distinta a la receta tradicional.

En el plato, la granita de frambuesa congelada estaba dispuesta como un pequeño montículo, casi como un terreno de textura helada y ácida sobre el que aparecían los merengues.

Debajo de esa montaña de frambuesa se descubrían la crema pastelera de vainilla y el dulce de leche, que aparecían en cada cucharada y cambiaban por completo la lectura del postre. Sin exagerar, es de esos postres que entran directamente en nuestra lista personal de los mejores que hemos probado hasta ahora.

El servicio fue uno de los hilos silenciosos de toda la noche. La atención estaba presente en cada detalle: el recambio de las velas cuando empezaban a apagarse, las explicaciones precisas de cada plato, la recomendación del vino y la manera en que el equipo acompañaba la mesa sin interrumpir el ritmo de la velada.

Esa misma lógica aparece en toda la propuesta: un lugar donde la cocina, el vino y la hospitalidad conviven sin rigidez, donde el objetivo no parece ser impresionar sino hacer que todo fluya.

Quizá por eso Anafe sigue sosteniendo una personalidad tan definida, después de casi una década de recorrido. El proyecto nació en 2017 en forma de pop-up en casas de familia y amigos, antes de abrir sus puertas al público en 2020 en la calle Virrey Avilés.

En 2026, inició una nueva etapa con su mudanza a pocas cuadras, continuando un camino que con los años fue despertando la atención de distintos referentes gastronómicos a nivel internacional.

Detrás están Micaela Najmanovich y Nicolás Arcucci, compañeros de secundario que volvieron a encontrarse después de formarse en Australia y Barcelona respectivamente, con una idea que permanece desde el comienzo: una cocina de platos para compartir, buen vino y un ambiente relajado.

Al salir, la lluvia seguía cayendo sobre Buenos Aires y el salón quedaba atrás con esa imagen difícil de replicar: mesas, una cocina en movimiento, velas que seguían encendidas y un equipo que parecía disfrutar tanto la noche como nosotros.

Y quizás esa sea la razón por la que, después de todo este recorrido, Anafe sigue sintiéndose tan vivo: hay una búsqueda detrás de cada plato, cada copa y cada gesto, pero del otro lado de la mesa todo sucede de una manera mucho más simple: solo queda disfrutar.

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