No a la de Trocca y Pittaluga

Por la otra Orilla

Lunes, 10 de diciembre de 2018

Algunos sabrán y otros no, que Fernando Trocca y Martín Pittaluga (no hacen falta los CV de cada uno), abrieron hace poco tiempo en Buenos Aires, un nuevo restaurante llamado Orilla. Para quienes la gastronomía no es sólo llenarnos la panza con lo que venga, es un dato importante. Pero si la experiencia se frustra, lo importante da lugar a la decepción.

Clavo mi remo en el agua; Llevo tu remo en el mío; Creo que he visto una luz al otro lado del río... Lo cuenta el uruguayísimo Jorge Drexler y entonces pienso en las orillas, en La Huella (el restaurante de playa de José Ignacio del que Martín Pittaluga es uno de los dueños), cierro los ojos, respiro profundo y me siento de ese lado del río por un instante, de esa Orilla.

Uno de nuestros inspectores anónimos (en este caso MW) cuenta la experiencia, que lo dejó a mitad del río, con corriente en contra y sin remos.

Desde la web, Trocca cuenta relajado, que "parado en la orilla, mirando hacia la nada es que entendí que no hace falta nada para tenerlo todo". Uffff...

No dudé un minuto en proponerle a un grupo de parejas amigas que vayamos a por una noche sin niños; el programa no podía ser mejor.

Reservamos desde el miércoles para el sábado, día en que no sólo me llamaron para reconfirmar la reserva sino para advertirme que sólo tendrían 15 minutos de tolerancia en conservarla. Esto viene en serio, me dije. Puse rumbo al horizonte y por nada me detuve, pensando en llegar a la ansiada Orilla. Tanto que hasta llegamos más temprano de la hora convenida. Ideal para arrancar con unos tragos en la barra. Todo bien, todo lindo.

Al momento de pasar a la mesa (éramos 6, pero 2 no habían llegado aún), no guían hacia el fondo del local, donde la decoración cambia, se vuelve más rústica. Las mesas son bastante incómodas y en lugar de sillas hay bancos más incómodos aún (sin respaldo).

Pero eso es nada al lado del calor, el humo y el olor a parrilla que comienzan a envolverte. E incluso no sería nada, al lado del muchacho que, muy eficientemente, canta a viva voz las comandas en tu nuca. Mal.

Hablamos con Juan, el encargado (10 puntos), quien nos dice que pueden conseguirnos sillas pero no cambiarnos de mesa. Quienes me acompañaban ya estaban dispuestos a levantarse e irse, justo cuando llegaron los que faltaban.

Fuimos nuevamente a hablar con Juan. Idas, vueltas y finalmente logran reacomodar una mesa en la zona "buena", en la que quedamos un tanto apretados pero contentos con el logro.

A los 15 minutos entra un periodista amigo a quien mandan a esa mesa del fondo y huye despavorido, sin saber que seguramente su mesa nos la habían dado a nosotros. Shhhhh.

Los platos vienen en tres medidas y precios uniformes: pequeños, medianos y grandes. Pedimos varios pequeños y medianos para compartir y luego cada uno hizo lo propio con el principal.

Pan de masa madre, ¡venga! Pensamos al menos en una pequeña hogaza pero no, eran dos rebanadas tamaño desayuno de dieta que, para $ 100 nos pareció un poco demasiado.

El pollo frito con salsa de yogur, resultó más flojo y desabrido que unos nuggets congelados. El crudo de pescado pequeño, lo fue tanto que ni siquiera llegué a probarlo.

El huevo frito de campo bien, y además venía con otra rebanada de pan. No sé si para 150 pesos.

Bien por la burrata con puerros, la salchicha con porotos y el puré de boniatos.

No tuvieron en cuenta la opción de traer a cada comensal un pequeño platito, por lo cual nos vimos forzados a "caranchear" e inevitablemente, dejar huellas en toda la mesa.

Para los principales, un par pidió pesca del día, otro hamburguesa, y algo más; y yo un arroz negro con panceta y chipirones. Llegan los platos, todos menos el mío. Empiezan a comer y yo le menciono a la moza que, justamente olvidó traer mi plato. "Ya lo traigo", me dice.

En "el mientras tanto", puedo decir que las papas fritas de Trocca y Pittaluga, son las congeladas de McCain... Una porquería... Digamos que a $ 400/450 la hamburguesa de estos dos muchachos, uno espera algo más que venga con papas fritas congeladas.

Todos terminan de comer y yo, nada. Vuelvo a mencionarle a la moza que me dice que ya está saliendo. Pero no, pasan quince, veinte minutos y nada.

Sigue pasando el tiempo y ya va media hora de que todos terminaron. A mi amigo la moza le dice: "¿te levanto la copa no?, total no vas a tomar más. Mi amigo la mira y le dice, "no sólo no te la lleves, sino traeme otra botella".

No doy más, la llamo a la moza y le digo que suspenda el plato, que no lo quiero, que prefiero irme sin concluir la cena.

Dos minutos después aparece el arroz y con el hambre que tenía, no iba a dejarlo escapar. Podría describirlo de muchas formas, pero desabrido creo que es una buena definición. Tenía un supuesto alioli que debía ser un yogur que se equivocaron al ponerlo y era realmente insulso. Me lo como, claro. Pero mientras lo estoy haciendo, la moza empieza a levantar los platos de todo el resto de la mesa. ¡Impresentable!

Pedimos tres postres para compartir y al igual que con las entradas, terminamos carancheando. Dos cafés y la cuenta. Los postres no los cobran.

El restaurante no es costoso pero es malo, al menos por ahora. La experiencia, pésima. Ninguno de los seis amagó a prometer en darles en algún momento una revancha a este lugar que huele a chantada e improvisación. Que suena a que Trocca y Pittaluga están en José Ignacio preparando la temporada y a esto, que recién arranca lo dejaron en piloto automático.

Si van por la calle Montañeses, les recomiendo cruzarse a la otra vereda (Orilla), la de Drexler, que seguro les va a ir mejor.

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