Pan y circo en la tele

La cocina puede ser show pero no esperpento

Viernes, 14 de septiembre de 2018

Banalizar la cocina y la gastronomía causa estupor, indignación, cierta tristeza e impotencia. Sin embargo, por acción u omisión, todo indica que a nadie le importa la función didáctica, promover el patrimonio culinario, la alimentación sana y demás valores inherentes a la gastronomía. Esto ocurre en la cocina que vemos hoy en la televisión, transformada en reality.

Show, en una primera acepción remite a espectáculo de variedades, pero también a una acción escandalosa para llamar la atención. Los productores de televisión exigen show, sea cual fuere el tema del programa.

Reconozco que no logro aceptar que en programas cómicos traten temas serios, o que en un noticiero haya humor del malo y chismes faranduleros. Tampoco entiendo en qué se basan para elegir panelistas.

Pero cuando se trata de cocina las papas queman y, poco a poco, he dejado de ver canales de cocina o programas con cocineros. Sin embargo, hace un tiempo me estuvieron llamando de algunas producciones, distintas personas pidiendo colaboración (ad honorem) para conseguir candidatos a participar en los castings, tarea que rechacé, pero me quedó la curiosidad.

Así las cosas, buscando alguna buena película, apareció en pantalla un nuevo programa: "El gran premio de la cocina", emitido por Canal 13. Decidí verlo completo, tres días seguidos. Y compartir mi impresión con eventuales lectores, no sin ciertas dudas, ya que lo primero que se comenta cuando un cocinero habla de un programa de cocina con tono crítico, es que se lo hace desde el resentimiento o la envidia.

Sin embargo, después de una carrera de 45 años cosechando no pocas satisfacciones, y haber trabajado bastante en TV, radio y prensa gráfica, ni resentimiento ni envidia aplican para mí. Soy consciente de que se requiere carisma, simpatía, poder de comunicación y empatía con el público para lograr un éxito.

También que la cocina puede ser show, pero no esperpento (palabra creación de Valle-Inclán que remite a una realidad deformada y grotesca y la degradación de los valores consagrados a una situación ridícula).

"El gran premio de la cocina" presenta un formato similar a otros realities, cuenta con 16 participantes que aspiran a un premio de $ 300.000, pero en la primera etapa compiten por equipo, la mitad trabajando en los platos y el resto dando indicaciones desde la tribuna, y se piden cambios como en el futbol, cada viernes habrá eliminaciones, llantos requeridos y polémica.

Al no ser profesionales de la cocina, el caos que se produce por momentos es desopilante y se ve incrementado por las continuas interrupciones de conductores y jurados, que no ayudan a la concentración.

Si Auguste Escoffier (creador del sistema de brigadas y jefes de partida que permite trabajar con eficiencia en equipo), viviera, sufriría tanta desmesura. De todas maneras, la conductora Carina Zampini se desliza con simpatía entre los cocineros secundada por Juan Marconi. Mi excompañero de TV Christian Petersen, y Felicitas Pizarro, ofician de jurados.

Y en cada emisión hay un invitado especial que emite un voto secreto. El diseño de producción gastronómica está a cargo de Narda Lepes. Ignoro si fueron consultados cocineros con experiencia en producción y despachos en restaurantes u hoteles. Supongo que no, ya que en general no entienden la dinámica del show.

En la primera emisión se produjeron varios cortes en los dedos con cuchillo, nadie usa guantes, ni gorros ni cofias. Se nota mucho desorden en los desplazamientos y la mise en place, procedimientos que pueden provocar contaminaciones cruzadas, directas o indirectas.

Los platos requeridos, hasta ahora, fueron simples: buñuelos de acelga, ensalada Caesar, papas fritas a caballo, hamburguesas, milanesas con puré, en versiones libres (incluyendo un alioli con yema de huevo). Se prometen elaboraciones más complejas a medida que avance la competencia. Los participantes, amateurs, le ponen ganas, y las torpezas y errores también aportan al show, ¿no es lo que se busca?

Trato de entender entonces, cuál es -aparte del entretenimiento-, el objetivo de estos programas. Presumir que es banalizar la cocina y la gastronomía causa estupor, indignación, cierta tristeza e impotencia. Sin embargo, por acción u omisión, todo indica que a nadie le importa la función didáctica, promover el patrimonio culinario, la alimentación sana y demás valores inherentes a la gastronomía.

También hay un desinterés por valorizar la profesión, al presentar supuestas cocinas reales que están muy lejos de las que trajinan día y noche los cocineros profesionales. Es todo fantasía lo que vemos, un cúmulo de errores técnicos que a nadie importa. Ni siquiera al espectador, que busca, imagino, un rato de distracción, reírse un poco, y tomar partido por uno u otro de los participantes. Y luego, pedir un delivery, abrir una lata de conservas, o, en el mejor de los casos, descongelar y llevar al microondas algún alimento industrial.

Solo distraídos o malintencionados, pueden afirmar que estos programas incentivan el amor a la cocina. Es un hecho que cada vez se cocina menos en las casas. La industria produce suficientes alimentos sin necesidad de cocinar, para saciar a quienes pueden comprarlos.

Lo que no puede darnos es el placer de compartir los alimentos, que nosotros mismos cocinamos con nuestros seres queridos, los insustituibles momentos de una buena sobremesa, la charla amena y el sentido de pertenencia que emana de platos que son parte de nuestra identidad, nuestra historia común. Uno puede ser tildado de idiota o soñador, si pretende que en una época donde sigue llorando la biblia junto al calefón y todo da igual, mezclado en un enorme cambalache discepoliano, se promuevan los valores culturales del arte culinario y la gastronomía.

El tópico "lo cultural aburre" está muy arraigado en el cerebro de los productores de TV y algunos editores, como para pretender cambios en el corto plazo. Pero tanta chabacanería llegará también a un punto de saturación, y será rechazado.

El rating de los canales de aire, que baja cada vez más (los 7 puntos logrados por "El gran premio de la cocina" en su debut ubicó al programa en el segundo lugar en su horario, y se catalogó como un éxito), demuestra que los televidentes están cansados de sufrir con ciertas propuestas, periodistas polirrubro, panelistas que opinan sobre cualquier tema, mediáticos conduciendo, gritos sobre gritos, y se refugian en el cable y servicios de streaming como Netflix.

Claro que el éxito tiene muchos padres, por algo hay tantos programas de cocina, aquí y en el mundo. La mayoría similares conceptualmente. En algunos casos se apela a profesionales y en otros a aficionados, pero siempre haciendo foco en el show, dejando de lado la parte cultural.

En fin, Julio César fue un adelantado ofreciendo pan y circo al pueblo romano. Muchos lo siguieron imitando a través de los siglos.

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