El síndrome del "menos 20"

Bodegas al borde un ataque de nervios (II)

Lunes, 12 de marzo de 2018

En tanto la situación de Winery parece haberse tornado irreversible, las bodegas locales se enfrentan a una coyuntura más dramática: por primera vez en la historia el consumo per cápita quedó por debajo de los 20 litros. Y encima la cadena de pagos está complicada.

De Winery ha hemos escrito hace algunas semanas y poco de nuevo puede agregarse a lo ya explicitado. No se ve una salida lógica para quienes tienen acreencias con esa cadena de vinotecas. Y desde la otra vereda, no encuentran la forma de achicarse pagando la deuda aun en cómodas y largas cuotas, ni siquiera con quitas usurarias.

La idea de los propietarios es cerrar sucursales, achicarse todo lo que puedan y seguir adelante sin perder a sus principales proveedores. Y no es cierto tampoco, que alguna de las bodegas más importantes llegó a un acuerdo.

Pero esto no es todo. Fondo de Olla © puede confirmar que una distribuidora mendocina, que venía haciendo mucho ruido, está armando un nuevo equipo de ventas porque el viejo les mandaron el pagadiós tal como Winery hizo hasta ahora con sus exempleados.

Por el lado de la distribuidora, cuyo dueño también posee una vinoteca en Mendoza , con nombre de película yanqui, así como dos hamburgueserías, para las cuales están pidiendo cocineros, ante la imposibilidad de pagarles a sus vendedores locales (de Buenos Aires), ofrecieron pagar con mercadería. Sucede que los vinos nunca llegaron porque no tenían plata para el flete, según pudo saber FDO. Ni para el camión tienen, pero piensan seguir trabajando con otros vendedores. Que seguramente seguirán el mismo camino de los anteriores, con otro pagadiós a cuestas.

Más allá de algún chisme, como que hubo cierta persona que traicionó a sus compañeros, no se sabe qué actitud tomarán sus clientes ya que el susodicho tiene algo así como 2 palos y pico de pesos en cheques rebotados. Aquí en la Capital, trabajaban con un "Patrón" y un "Poeta". En el interior, parece que tampoco tiene las manos limpias, sino que a esa altura están negras.

Esta empresa estaría debiendo casi 10 millones de pesos a sus proveedores. Y también comercializan corchos y tapones para espumosos. Algo así como un Winery menduco. La existencia de razones sociales distintas puede llegar a confundir.

Pero hay una situación peor que tiene muy nerviosas a las bodegas, sobre todo aquellas con pocas espaldas para soportar la tormenta. Es que el consumo de vinos sigue su curso descendente. Según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) y el Observatorio Vitivinícola Argentino, en 2017 cayó el 6% respecto a 2016. Y en dos años, se pasó de 24 litros a 20 litros per cápita, aunque a esta altura del año seguramente ese número es seguramente "menos 20".

Gravísimo, teniendo en cuenta que el 80% de la producción se vende localmente. De ese volumen, muy poco corresponde a vinos de alta gama. Un 15% con suerte para ser generosos.

Por el contrario, la cerveza subió su consumo, en el mismo lapso, un 19%. Y la facturación creció el 55% por el mayor precio de venta debido a la inflación.

Por cierto que no es nueva la caída en el consumo de vino, ya que en la década del '70, se había llegado a un pico de 90 litros per cápita hasta que sobrevino la decadencia. No es fácil encontrar las razones de este fenómeno. Hay sí un cóctel explosivo que muchos no quieren aceptar.

Para el Observatorio Vitivinícola Argentino, integrado por la COVIAR y la Bolsa de Comercio de Mendoza, en "el caso del vino y la cerveza se verifica claramente una sustitución en favor de ésta última bebida. Para tener una noción de la magnitud de estos cambios, en el año 2001 se consumía exactamente la misma cantidad de vino y cerveza (unos 1.250 millones de litros cada uno). Desde ese año a la actualidad se produjo un fuerte cambio en los patrones de consumo que han llevado a que en 2017 las ventas de vino estuvieran en el orden de los 900 millones de litros y las de cerveza por encima de los 2.000 millones".

Con escasa autocrítica, señalan que "la pérdida de mercado que viene registrando el vino, se debe básicamente a la desventaja competitiva estructural que la industria vitivinícola tiene respecto a su principal competidor". Y agregan que "estas desventajas operan tanto sobre los patrones de consumo, como sobre los precios relativos. Sea por la vía de la capacidad de inversión publicitaria como a la misma estructura que caracteriza a la vitivinicultura: mano de obra intensiva, con diversidad de actores y atomización en cada eslabón de la cadena".

Mucho bla, bla, bla. Los factores son varios y no se puede echarle solamente la culpa a la macroeconomía o a los gobiernos de turno. De hecho, en la gestión K hubo bodegas que se beneficiaron con créditos y subsidios que les permitieron expandirse y construir bodegas fantasmagóricas. Los demás la pasaban mal. Peor que ahora me parece.

Pero no se puede omitir otra situación indiscutible. Durante gran parte de la etapa en que el vino fue perdiendo mercados, mientras la noble bebida se fue sofisticando y haciéndose más difícil de entender por el público masivo, la cerveza optó por la variable más sencilla.

Y la aparición de cervezas artesanales no estuvo acompañada de interpretaciones ni de remisiones a aromas y sabores casi imposibles de encontrar para un bebedor normal. Es más, hay cervezas artesanales que son un atentado a la salud, pero nadie parece preocupado por esto.

Lo curioso es que a veces, en lugar de tomar el toro por las astas, los genios del marketing inventan rarezas que no aportan nada; al contrario, confunden más al consumidor.

Sorprende así que uno de los grupos más importantes del país, haya convocado a sus enólogos más jóvenes para que creen un vino para millennials. Es difícil creer que ese mercado puede recuperarse para el vino, por cuanto son los habitúes multitudinarios de las cervecerías y hamburguesería que se siguen abriendo, tal como alguna vez pasó con las parripollos y luego con las canchas de paddle.

La situación es compleja. Nos parece que es hora de barajar y dar de nuevo. Hay mínimo un 85% de consumidores que no tienen ningún interés que un sommelier les recite lo que dice la contraetiqueta, ni que los obliguen a buscar aromas a montura de caballo transpirada o a regaliz (comprate un caramelo Media Hora para eso) cuando tienen la copa en la mano.

Y respecto a la publicidad, es cierto que la cerveza lleva las de ganar. Pero también lo es el hecho de que la campaña de la industria, esa del "Vino Bebida Nacional", con celebrities tomando mate, fue un tiro por la culata. Dinero malgastado.

Y por último, la aparición de jóvenes y excéntricos enólogos que se han tomado como costumbre elaborar vinos defectuosos escondidos en el marketing, han terminado de espantar a un grupo de consumidores que quiere cambiar y probar cosas nuevas, pero cuando le dan a probar un vino con acidez recalcitrante salen corriendo.

Estamos viviendo el síndrome del "menos 20". Y como viene la mano, no vemos que la industria pegue el volantazo. Por el contrario, todo parece indicar que continuarán chocando contra la pared. Esto, sin dudas, perjudica indirectamente a los pocos que pretenden hacer las cosas bien, pero terminan pagando por los errores ajenos.

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