La cocina de Ramiro Solís marca la diferencia

Draft by My Beer, mucho más que cerveza

Martes, 6 de febrero de 2018

Hay varias razones para asegurar que Draft by My Beer es una cervecería distinta: su ubicación, fuera de los circuitos gastronómicos de moda, la amplitud de sus instalaciones y, sobre todo, la cocina de Ramiro Sebastián Solís que supera largamente la media en este tipo de negocio.

Draft by M y Beer - Manuela Pedraza 4069 - Abierto jueves, viernes y sábados de 18 al cierre - Principales tarjetas - Reservas solo en: info@draftbymybeer.com

Tipo de Cocina: Al horno de barro y brasero al carbón

Barrio: Coghlan

Precio: $$$

Javier Vignola, propietario de esta nueva cervecería ubicada en el barrio de Coghlan, junto a su esposa Alejandra Palma, conoció al chef Ramiro Sebastián Solís en el Colegio de Cocineros Gato Dumas. Ahí compartieron aula e inquietudes.

No resulta extraño entonces que este emprendedor, vinculado al negocio de las bebidas desde otro ángulo, convocara a su amigo cuando decidió abrir su primer negocio gastronómico directo al público.

Ramiro siempre apela a sus raíces misioneras, como lo hacía en De Quién, el restaurante que cerró las puertas el año pasado. Fue una pena. Pero el chef siguió su camino en lugares como Peugeot Lounge y La Birrería, entre otros.

Javier tuvo el buen tino de darle vía libre para el armado de la carta. Y ahí reside el secreto de Draft by My Beer, nombre que alude a la oferta primaria del lugar, con 20 canillas de cerveza que satisfacen el gusto de cualquier cliente.

Mientras Javier nos cuenta cómo surgió el proyecto, el chef se dispone a hacernos probar buena parte de las comidas que ha creado para conformar la propuesta. En primera instancia, la idea fue salir de los polos gastronómicos, saliendo hacia el norte de la ciudad, en un barrio donde cuesta mucho menos estacionar y no existe saturación de negocios gastronómicos, muchas veces de dudosa calidad.

Por otra parte, la decisión incluyó la construcción de nuevas instalaciones en un terreno típico de la ciudad, angosto y largo. El ingreso está disimulado, no hay cartelera demasiado visible y tampoco se ofrece un teléfono para hacer reservas (hay que dirigirse a una dirección de correo electrónico).

Al ingresar nos topamos con algunas mesas dispuestas en el patio descubierto, adyacente a la cocina desde cuya puerta observamos al horno de barro, gran protagonista pues en él se prepara buena parte de los platos creados por Ramiro.

Más atrás, aparecen mesas rústicas de madera, algo más elevadas que lo común, y al fondo la barra que exhibe las 20 canillas, no solo de cerveza sino también de sidra 1888, tirada.

El ambiente es un gran galpón con techo de chapas, que denota una inversión importante. Acompaña la música, algo estridente pero no tanto como en otras cervecerías.

Los precios por pinta varían entre 80 y 110 pesos (valores de febrero de 2018), dependiendo si se trata de cerveza artesanal o industrial. Además, hay happy hour. Pronto se agregará la propuesta de la barra, con tragos más emparentados con el aperitivo. También prevén extender los días de apertura.

Ramiro Solís considera en base a su experiencia, que el negocio de las cervecerías -a esta altura saturado especialmente en los barrios más gastronómicos- exigirá diferenciarse de alguna manera para no aburrir a los clientes. Y una buena manera, coincidimos, es a través de ofrecer mucho más que cerveza.

Fácil corroborarlo. Fueron llegando a la mesa a modo de degustación varias opciones de la carta hasta que llegó el momento de decir "basta por hoy". Lo primero fueron unas mandiocas fritas (al fin y al cabo el chef siempre nos acerca a sus raíces misioneras), que se acompañaron con crema de humita y panceta crocante. Y en simultáneo, croquetas de quinua, zanahoria, espinaca y mermelada picante de membrillos. Ambas opciones forman parte del capítulo de "Frituras".

Luego, del horno de barro, las chipas rellenas con paté de hongos. Una revelación, que podría transformarse en un neologismo si usáramos el término "chipanadas" que se le ocurrió a Gustavo Cánepa, nuestro ocasional acompañante. Habrá que probar nuevos rellenos, sin dudas. Y un plus fue el panchipa, un pancho de chipa caburé (o "asador") con salchichas alemanas y mandiocas fritas.

Del brasero al carbón, llegaron dos pinchos: uno de bondiola de cerdo con ananás grillado con salsa de mostaza, miel y cerveza rubia; el segundo de ojo de bife y panceta con chimichurri. Ambos salen con papas rejilla.

Y hay tres opciones de hamburguesas. Vale mencionar que son preparadas "en casa", con una mezcla 50% de roast beef, 25% de paleta y 25% de tapa de asado. Y se cocinan en el horno de barro, nada de planchas olorosas que secan a más no poder la carne. Como se trata de un producto de calidad y cuidado, proveniente de una cocina de confianza, podríamos tranquilamente pedir que nos cocinen las hamburguesas algo menos que "a punto".

Probamos de dos de las tres opciones: la que lleva queso mimolette, panceta, cebolla caramelizada, lechuga y tomate; y la de gorgonzola con rúcula y morrones asados. Todas las hamburguesas se acompañan también con papas rejilla, crocantes y con una delicada fritura.

Fue una degustación que dejó algo de margen para probar algunos platos omitidos porque ya no había lugar para más. Por caso las empanadas de ossobuco y las de quesillo con cebolla caramelizada; el pastel de choclo; los pinchos de langostinos y la burger con guacamole.

Para el final, manzana asada al horno de barro con garrapiñada de nueces y cremoso de queso Finlandia. También ofrecen crema catalana y dúo de chocolates.

Resulta extraño que en una nota sobre este tipo de negocios, nos extendamos tanto en las opciones de comidas. Pero Draft by My Beer es muy distinto a lo conocido, es mucho más que una cervecería. Y en buena medida, todo gracias a la creatividad del chef Ramiro Solís, a quien su amigo Javier Vignola, con buen tino, le ha dado vía libre para que la cerveza ya no esté tan sola. 

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