Cocina Asiática

El Niño está Gordo y Apetecible

Martes, 2 de enero de 2018

La apertura del nuevo restaurante de Pedro Peña y Germán Sitz en el corazón de Palermo es una forma extraordinaria de comenzar un año que promete ser difícil para el negocio gastronómico.

Cuando Muddy Waters estuvo en Inglaterra en 1966, un periodista le preguntó al entonces blues man de 53 años de edad qué pensaba sobre Mick Jagger. El blusero respondió: "tomó mi música... pero me dio un nombre". Metafóricamente hablando, dijo que probablemente no habría estado tocando en Londres en ese momento si no hubiera sido por los Stones.

Cincuenta y pico de años más tarde, hizo falta la imaginación de un colombiano y de un argentino para que Buenos Aires tuviera por primera vez en su historia gastronómica un choripán de calidad. Porque choripán es el que se come al paso, no el que se come sentado en un restaurante. Y hasta la aparición de Chori todos los choripanes fueron malos. 

No faltarán nostálgicos del Puestito del Tío con un anecdotario discutible, pero lo cierto es que el responsable de mejorar el producto, darle un pan de calidad y excelentes acompañamientos fue el emprendimiento de Pedro Peña y Germán Sitz.

Ya con la apertura de La Carnicería, este dúo que juega de memoria había revolucionado la escena local exterminando las cartas kilométricas, bajando el nivel de importancia del tipo de corte en el menú , poniéndolo en los métodos de cocción y creando acompañantes imaginativos y contundentes que superaron por varios cuerpos a la ensalada mixta y al puré de papas.

Ahora lo hicieron de nuevo. La aparición de Niño Gordo es, en un año que pinta ser difícil para la escena local, una gran novedad que solidifica el camino revolucionario que tomó la gastronomía argentina, particularmente en el segmento medio los últimos tres o cuatro años. Gran Dabbang iluminó este camino y muchos lo siguen de mejor o peor manera, o de la forma que pueden.

Niño Gordo vino a destacarse y a seguirlo con altos estándares de calidad, creatividad y técnica.

Primero, el lugar es una maravilla. Uno de esos lugares como Uptown, que parecen más acordes a la escena neoyorquina que a Buenos Aires. Podría ser perfectamente un local de David Chang. Todo el mérito al gran Krapa, a quien conozco sólo a través de sus ideas geniales que hablan por él. El diseño de los muebles fue realizado por Eme Carranza.

A la calle sólo una puerta colorada, un frente empapelado en blanco y rojo y en la puerta, un pomo alucinante con la forma de la cabeza de un niño oriental. Se toca timbre y se pasa, y el mundo se transforma. 

No se transforma en ningún lugar de Asia en particular, ya que como ellos mismos lo indican se trata de comida asiática. No de comida japonesa, vietnamita, china o thai. Es comida asiática porque en el espíritu de Pedro y de Germán no está precisamente el de ponerse un corset en cuanto a lo que tienen ganas de cocinar. 

Dos salones con decenas de lámparas rojas de papel colgando del techo, lo que en lo personal nos remitió a lugares mágicos como Fushimi Inari y sus 10 mil toris. Luego, de costado, una barra para comer, ahora sí como en el 90% de los lugares de Asia, de frente a los cocineros. Todos los detalles cuidados. Hasta el soporte de los palitos. Y por ahí la que quizá sea la mejor barra de whisky japonés de la ciudad.

No pedimos todo el menú, que se estructura en entradas de picoteo y principales. Ni un cuarto siquiera. Nos pedimos algunas de las entradas y con eso tuvimos una muestra, seguramente insuficiente, de cómo es la comida. El okonomiyaki es superlativo. 

Está al nivel de cualquiera que se pueda encontrar en Japón, excepto quizás en la calidad de los huevos (los japoneses están considerados entre los de mayor calidad del mundo) pero sí se respetan técnicas y métodos. Y la abundancia de katsuobushi sobre el omelette es como la cereza del Old Fashioned

Las mollejas, con una suerte de textura de garrapiñada, resultaron ricas y sorprendentes. Los wantanes de pato laqueado también sorprendían  ya desde su color negro. Y en la barra, la oferta de tragos es muy imaginativa. Probamos uno a base de sake, magnífico.

Volveremos a Niño Gordo a probar el resto de la carta. Ya sabemos que es buena y que nos va a gustar. Recomendamos que vayan antes de que sea complicado conseguir lugar, como pasará a corto plazo.

Nota al margen: si uno fuera inversor gastronómico no dudaría en asociarse con Pedro y Germán. Sus tres negocios, más allá de lo agradable que es comer en ellos, están pensados como máquinas de facturar. Y cumplen su objetivo a la perfección.


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