La comida en zonas de conflicto

El Ángel de la Guerra

Lunes, 4 de diciembre de 2017

¿Qué comen los periodistas cuando están en zonas de guerra? La vida de estos corresponsales está sometida al estrés, la cercanía con la muerte y una alimentación no siempre adecuada. Ángel Sastre, español de Extremadura, radicado en Buenos Aires desde hace muchos años, nos cuenta su experiencia con la comida en lugares de conflicto.

No basta con imaginarlo. La vida de los corresponsales de guerra es pura adrenalina, dura de sobrellevar, a veces sin comida y bebida. Ángel Sastre es uno de esos héroes de nuestra profesión, que lo ha arriesgado todo para cumplir con lo que él considera que es un deber: informar desde donde otros no se atreven.

Nacido en Don Benito, provincia de Badajoz, Extremadura, Ángel es corresponsal en Buenos Aires de varios medios de su país, entre ellos el diario La Razón, Canal 4, Telecinco y Onda Cero. Pero su misión, que es el "deber" de informar desde zonas de guerra, las desarrolla habitualmente como free lance.

A Ángel Sastre Canelas lo conocimos hace muchos años cuando llevaba adelante la prensa de una bodega de capitales españoles. Seguimos cultivando una amistad solo interrumpida por esos diez meses que pasó secuestrado en Siria. Tiempo en el cual no dejamos de pensar en su suerte. Hubo un final feliz y es lo que importa.

Ese hecho ocurrió el 12 de julio de 2015, cuando junto a sus colegas José Manuel López y Antonio Pampliega, se encontraban trabajando en Alepo, la segunda ciudad de Siria. Fueron casi diez meses. Por eso, aún recordamos aquel sábado 7 de mayo de 2016, cuando un amigo de la Embajada de España nos avisó que Ángel y sus colegas habían sido liberados en la frontera sirio turca.

En una de esas comidas que habitualmente compartimos entre amigos, surgió la idea de hacer una nota en la que se develara algo de lo que casi no se habla: ¿qué comen los periodistas cuando están en la guerra o aún en zonas de conflictos políticos, a veces más peligrosos aún que en medio de las balas.

La cita fue en Al Fares, el restaurante de la familia Baduan, precisamente inmigrantes sirios escapados de la guerra. Fue elegido por Ángel, ya que muchos de los platos que íbamos a comer eran los mismos que el periodista ingirió durante su largo cautiverio.

Pero la experiencia del colega no se limita a Oriente Medio (Siria e Irak), sino que además estuvo en la selva colombina con las FARC y con el ELN, en Venezuela, Cuba, Ucrania, a bordo del Rainbow Warrior de Greenpeace, por los mares del sur, o por el Mediterráneo brindando ayuda humanitaria a los emigrantes de los países africanos.

Una de las últimas aventuras de Ángel sucedió en el Aeropuerto de Kiev, donde estuvo demorado por 48 horas y le prohibieron el ingreso al país. Algo así como una versión real de Tom Hanks en la película La Terminal.

Pero mejor vayamos al grano. Nos reencontramos en la calurosa tarde porteña con Hatem Baduan, después de varios meses de ausencia, un hecho que nos lo echó en cara, ya que si algo caracteriza a este sirio tan querible es ser agradecido. Una nota de Fondo de Olla provocó una catarata de clientes aun para nuestra propia sorpresa. Ángel es un cliente habitué, desde que se lo recomendamos como a muchos otros amigos.

El colega llegó varios minutos después, ya que estaba trabajando en una nota sobre "los vuelos de la muerte". De inmediato comenzaron a llegar las mezze: hummus, baba ganoush, dolmas (hojas de parra), falafel. Y por supuesto mucho pan árabe, infaltable en cualquier comida, que utilizan en lugar de cubiertos.

Nos cuenta Ángel que durante su cautiverio, aprendió que el pan es "haram", una palabra que tiene la connotación de "prohibido" o "pecado". En realidad, significa que el pan no se tira nunca, ni tampoco se puede tocar con los pies porque es "sagrado". De hecho, si se ponía feo tenían que esconderlo en la basura para no ser castigados. Cuando no lo comen, los árabes suelen dejarlo en la puerta de sus casas para que alguien lo consuma, inclusive los perros callejeros. La cuestión pasa por no tirarlo.

El secuestro ocurrió durante el Ramadán, período de ayuno entre los musulmanes. En mayo hacía mucho calor y lo que más sufrieron los periodistas españoles en cautiverio fue la imposibilidad de beber agua. Por supuesto que tampoco les daban comida hasta que se veía la primera estrella.

Ángel Sastre nos relata que la comida en las zonas de guerra está a cargo de las fuerzas de combate que aceptan que los periodistas estén bajo su control. Pero en el caso de los secuestradores, pareciera haber un código que los obliga a ingerir lo mismo que los cautivos. "Una vez por semana nos daban un pollo con papas fritas, aunque sin los muslos, que al parecer eran sus presas preferidas".

Nos referimos a la primera etapa del secuestro (tres meses), porque luego los "vendieron" a un grupo de Al Qaeda. En la primera etapa, mientras estuvieron con quienes lo habían capturado en Alepo, comían muchos huevos y papas fritas, ya que no había cocina y todo lo cocinaban en una sartén con gas de garrafa.

Una anécdota curiosa y risueña, dentro de la situación dramática, se dio cuando Ángel preparó una tortilla española pero se equivocó y en lugar de echarle sal le puso azúcar. "Se pegaba todo en la sartén y quedó asquerosa, pero se la comieron igual", nos cuenta.

Con ese grupo inexperto, el trato fue bastante aceptable, si hasta en algún momento les enseñaron a jugar al ajedrez y les indicaban cómo cocinar. Pero luego pasaron a un grupo más radicalizado. Los trasladaron varias veces. En un caso, recuerda que se escuchaban las voces de chicos de un colegio; en otra una motosierra cortando olivos.

La alimentación en esta segunda etapa era típicamente árabe: hummus, falafel, hasta un raro shawarma solo de papas (una comida muy habitual) y a veces algo de carne. El pan y los dulces eran muy usuales, entre ellos mamunie, un postre que se hace con sémola, azúcar, canela y manteca.

"Lo que me quedó de esta experiencia con la comida, es que no soporto que se tire, una especie de psicosis", nos señala. De hecho, cada vez que vamos a un restaurante Ángel pide que se la envuelvan y se la lleva a su casa. Algo que antes ni se le pasaba por la cabeza. Quizá porque algunos días solo comían aceitunas, de todas las formas y colores, o aún ni siquiera eso.

Tras diez meses de secuestro, los periodistas españoles fueron liberados y en un aeropuerto militar los esperaba un avión de su país que los trasladaría de regreso. Tras no ingerir alcohol durante todo ese tiempo, bebieron vinos de Rioja y comieron jamón ibérico. "La voy a recordar siempre como una de la mejores comidas de mi vida", afirma Ángel.

Pero en la trayectoria periodística del colega, no faltaron nuevas misiones por zonas de conflicto, ya se trate de la guerra de los ucranianos con los rusos, o bien en las favelas de Río de Janeiro con las tropas de élite; la muerte de Fidel Castro en Cuba; donde estuvo a punto de subirse a un grupo de balseros; en Venezuela, donde corrió serio riesgo en varias oportunidades, y en la selva colombiana con las FARC y en otra instancia con grupos de indígenas que viven en la extrema pobreza, o en Costa Rica y Guatemala. Un periodismo de denuncia, que lo obliga además a comer lo que le dan o lo que se puede tener a mano.

En los viajes por América latina, la comida fue diferente. En un caso, las FARC estaban a cargo de la alimentación de los periodistas. Comían mucha carne a la parrilla, que los guerrilleros compraban en los pueblos cercanos. Les daban mucho café y aguardiente de guayabo. También observó que en los campamentos tenían granja. La comida no fue un problema porque siempre los guerrilleros los alimentaban correctamente.

En Venezuela, dice, si uno tiene dinero no hay problema con los alimentos. Sobre todo comía arepas. Allí, el mayor problema es el maltrato con la prensa por parte de los solddos chavistas, que hasta les roban sus equipos a los corresponsales.

En Ucrania, en tanto, estuvo en algunos pueblos sitiados, muy pobres, donde la gente solo consume lo que les dan los rusos. Comían una especie de sopa de tomates, muy aguada, a la que le agregaban pan. "Fue muy duro porque teníamos temperaturas muy extremas entre 15 y 30 grados bajo cero", afirma Ángel.

Todo lo contrario de lo que vivió en Irak, donde tuvieron que soportar más de 40 y a veces 50 grados, cuando estuvieron con los soldados kurdos, que les suministraban huevos duros, vegetales y sobre todo tomates en rodajas, pero nada de carne.

Pareciera que frente al peligro y los riesgos que corren los periodistas de la guerra, la cuestión de la comida pasa a un segundo plano. Pero no tanto, ya que sin estar bien alimentados es imposible realizar estas tareas extremas.

Ángel Sastre aprendió que la comida no se tira nunca. Dice que cuando los pasaron de un grupo a otro durante el cautiverio en Siria, les dieron chocolate para que no se vieran subalimentados. Que nunca olvidará el gran festín en el vuelo de regreso en un avión militar. Que en el Aeropuerto de Kiev no los dejaron entrar al país, pero les permitían comprar en el duty free.

Y de tanto comer "árabe", le gustan mucho esas especialidades. Mientras tanto Hatem Baduan nos seguía llenando la mesa de tabule, baba ganoush, falafel, hummus, börek, shawarma, hojas de parra. Sobró mucho, era una exageración de comida. Pero Ángel llevó sus dos bolsitas para su casa. Porque tirar la comida es haram. Un pecado que, viendo lo que pasa en la guerra, resulta imperdonable.

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