Editorial

De feria en feria

Jueves, 16 de noviembre de 2017

Con la llegada de los últimos meses del año, la agenda gastronómica se muestra superpoblada de ferias y festivales. Hay una evidente necesidad del público de acercarse a la cocina a través de estos eventos, pero la saturación agobia y puede ser un boomerang para quienes buscar solo hacer un buen negocio.

Ferias gastronómicas por doquier, allá y acá, en todas partes. El público, va de suyo que es siempre el mismo. El que busca probar cosas nuevas, ver qué hay en el "mercado" y también tener cerca a las figuritas mediáticas de la tele. Aunque éstas sean de cabotaje.

Es evidente que hay interés por consumir este tipo de cosas, que resulta inversamente proporcional a la desaparición de las revistas gastronómicas (que curiosamente desaparecieron por falta de publicidad y desinterés de las empresas). Hoy las "estrellas" del periodismo dedicado a las comidas y bebidas (porque decir "buena vida" o "life style" nos molesta bastante), son los instagramers o influencers, que les venden espejitos de colores a las bodegas, empresas alimentarias y hasta los fabricantes de cocinas y demás artefactos.Lo triste es que éstas compran basura en fotitos.

Pero volvamos al tema de marras: las ferias gastronómicas y las de vinos. Este último fin de semana nos encontramos con una saturación. Mientras se realizaba la edición de primavera de la más concurrida de todas, Masticar, casi en paralelo había una feria de espumantes y otra de vinos de alta gama.

La verdad es que no tenemos ganas de entrar a discutir con nadie sobre la importancia de estas ferias para el público en general. Deben ser un gran negocio para quienes las organizan, de lo contrario nadie las haría.

Lo que nos preguntamos es si realmente sirven para la gente. Puede que lo sean para un público muy puntual, que tal vez sea el mismo que antes leía las revistas que dejaron de publicarse.

No creemos que el lector tipo de Fondo de Olla (salvo excepciones que confirman la regla), el que  esté feliz de comer miniaturas en platos descartables y probar vinos servidos en vasitos de plástico y en cuentagotas.

En la última Masticar, un colega (de los pocos que no se da a conocer y encima tiene bajo perfil), compró vouchers por un valor de $ 300. Apenas le alcanzaron para picotear algo en un par de lugares y beber un vaso de vino. Concluido esto, se fue a su casa a cenar.

Sabemos que organizar una feria no es tarea fácil. Que hay costos elevados. Todo eso resulta comprensible. Pero matar a las gallinas de los huevos de oro no es conveniente para nadie. Y eso es lo que advertimos que está pasando. 

La sensación que tenemos es que solo se hacen ferias de cabotaje, de nivel mediocre para abajo. Nada que se parezca, por ejemplo, al Festival que años atrás organizaba Gabriel Bialystocki en Uruguay (Punta del Este Food & Wine). Allí traía cocineros de alto nivel del extranjero y se organizaban actividades muy originales.

Nos gustó mucho el año pasado ConBoca, en Mendoza. Una especie de Mini Masticar, pero muy regional y sin caos. Donde los cocineros valiosos abundaban más que los figuretis que distorsionan el trabajo de los demás.

Están buenas también las ferias barriales como Buenos Aires Market, o inclusive Bocas Abiertas en el Bajo de San Isidro, aunque en esta última conviven algunas figuritas con un  grupo de cocineros que transpiran la camiseta. Que es algo parecido a lo que ocurrió en Picurba, en La Plata

Es decir que estamos agobiados. Nos saturan tantas ferias. Y además nos encontramos con mucha onda fashion y poca sustancia. Como si estuvieran organizadas para el público cholulo y a los que tienen los mismos intereses que los instagramers e influencers. Y eso sí que es grave.



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