Editorial

Cocinar para la foto

Lunes, 23 de octubre de 2017

A los periodistas gastronómicos nos han salido competidores, vagos y mal entretenidos. Son los influencers o como quieran llamarlos, que mandan mails pidiendo plata porque ponen imágenes para la gilada. Peor aún son los restaurantes en los cuales ahora dicen cocinar para la foto.

"Cocina para la foto" es el título de una nota publicada este domingo de elecciones por el diario La Nación. Hablan no solo de los comensales que han tomado por costumbre sacar fotos de los platos, que al fin y al cabo nosotros también los hacemos algunas veces, sino porque muchos dueños de restaurantes y chefs ahora cocinan para la foto.

Y esto es así porque en este mundillo gastronómico signado por la frivolidad y la crítica facilonga, los influencers van ganando terreno cada vez más. Envían mails pidiendo dinero y comida gratis porque sus fotos "llevan clientes", aun -dicen- en aquellos lugares donde es común ver las mesas sin ocupantes. Y los que llenan no necesitan de estos nuevos verseros de la gastronomía.

Los instagramers tendrán miles de seguidores, algo que está por verse realmente, pero son incapaces de escribir más de dos líneas: una fotito con epígrafe es más que suficiente. No se es periodista ni se tiene más "influencia" por poner un posteo en Facebook y Twitter, o una foto en Instragram, ya sea porque queremos decir que estamos comiendo en tal o cual restaurante, para satisfacer el exhibicionismo de quien lo hace, sino como moneda de cambio porque te invitaron a comer gratis.

Eso no es periodismo, ni sirve para nada. Pero lamentablemente, quienes somos periodistas, hoy debemos convivir con los que ponen una foto con epígrafe o recetas banales en la web. Las consultoras de prensa (y las empresas directamente) ya han tomado como costumbre mezclar la hacienda, es decir periodistas, sommeliers (si son bodegas) e influencers, todos sentados a la misma mesa. Podrían avisar, así evitaríamos (los periodistas) tener que trasladarnos y pasarla mal escuchando sandeces por doquier.

Pero no se acaba aquí el desaguisado. Porque inevitablemente hay que pasar del otro lado del mostrador. Con tal de sumar clientes (o al menos es la intención, casi nunca concretada a través de este tipo de operación en las redes sociales), los restaurantes (muchos de ellos) toman como algo normal el hecho de recibir numerosos mails pidiendo comer gratis y publicidad por la cantidad de seguidores que dicen tener estos nuevos chantas del seudoperiodismo.

Releemos la nota de marras en La Nación, en la que la banalidad parece ser el leit motiv. Que ponen el logo del lugar en todos lados para que se vea en la foto. Que hay que tener wi fi sí o sí (pensar que en Tomo 1 aún te sugieren no usar el celular o al menos silenciarlo, o unos pocos restaurantes que hacen descuento si no lo usás durante la comida).

Que los platos tienen que salir más calientes porque la demora que demandan las fotos provoca que la comida se enfríe. Que la rotación es más lenta porque se pierde mucho tiempo sacando fotos. Que hay "alfombras rojas", para que todos se saquen fotos.

Una sarta de imbecilidades, de la cual muchos restaurateurs se ufanan de seguir a rajatabla para ganar fama instagramera. Estamos jodidos si los chefs son obligados a cocinar para la foto. Es verdad que la cocina entra por la vista y que en la alta cocina la parte visual es un aditamento importante, porque forma parte de un todo que uno paga más que, por caso, en un bodegón o en una cantina cualunque.

Un empresario consultado, señala en la misma nota que comentamos, que hoy pareciera un lujo "dejar de lado el celular para disfrutar de una comida". Pobres los cocineros entonces, si de ahora en más deben cocinar para la foto. Es ridículo desde donde se lo mire.

Que esto pase en hamburgueserías y cervecerías en donde la comida es lo de menos, vaya y pase. Pero que se generalice diciendo que los restaurantes han debido cambiar la presentación de los platos y el tiempo del servicio, resulta absurdo.

En La Brigada, por ejemplo, te cambian los platos que llegan calientes a la mesa para que la carne no se enfríe rápidamente, no para que los comensales saquen fotos sino por una cuestión de lógica pura.

Si se utilizan técnicas de vanguardia, algunos componentes del plato como las espumas se "esfuman" en pocos segundos. De modo que no hay tiempo para la foto sin que el plato se desvirtúe.

Son apenas algunos casos para demostrar que lo que hacen los influencers es pura cháchara. Sin embargo, muchas empresas del rubro alimentario, incluyendo las bodegas, se suman a esta movida ridícula solamente porque los genios del marketing creen que les lleva agua para su molino.

Es así que las ayudas publicitarias para que los medios subsistan, se derivan hacia la chantada de los instagrameros, los antigourmets y los vendehumo del periodismo gastronómico. Por este motivo, casi no quedan revistas del rubro (de hecho ninguna sale mensualmente), que cada vez son menos los espacios para difundir con seriedad y sentido crítico lo que pasa en nuestra gastronomía.

Si el próximo periodismo es únicamente instragramero y si los chefs cocinan para la foto, vamos a estar realmente jodidos. 

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