Editorial

Tocan de oído

Viernes, 20 de enero de 2017

Quizá el común del público gourmet no haya tomado debida nota de la crisis que atraviesa la prensa gastronómica argentina. Medios que cerraron, en muchos casos falta de códigos, escasa o nula preparación de los periodistas y un afán por exacerbar la frivolidad. Y lo peor de todo: hay muchos que tocan de oído.

No es el propósito de este editorial hace periodismo de periodistas. Por eso evitaremos dar nombres, al menos cuando se trata de colegas especializados en gastronomía o simplemente conocedores de otros temas puestos a escribir de algo que es nuevo para ellos.

No es el caso de los actores puestos a hacer de "periodistas gastronómicos". Es el caso de Diego Pérez, quien por su filiación futbolística debe ser un experto en comer calamares.

Si bien tiene un equipo detrás de Pantagruélicos, el programa del Canal de la Ciudad (al menos sabemos de una persona entendida en la materia) y que muchas veces sus invitados son conocedores (Pietro Sorba fue uno de los invitados ocasionales), más allá de exponer una simpatía forzada, Pérez deja al desnudo sus limitaciones en cuanto se refiere al conocimiento del tema sobre el cual lo han puesto a hablar.

Es un actor que se sienta a la mesa, come, charla y todo le parece que está fantástico. Y por ende se come cualquier garrón. Es lo que comúnmente, en la jerga porteña, decimos de alguien que "toca de oído".

Para colmo de males (y eso no es su culpa), el programa tiene un parecido muy sugestivo de un proyecto presentado en su momento por Manuel Corral Vide, cocinero, poeta, colaborador de Fondo de Olla y con una larga experiencia en radiofonía.

Es curioso, pero en lugar de poner a alguien que es experto en el tema (pero no actor y ni haría falta), la televisión pública de los porteños hace agua como cuando caen 200 milímetros de golpe en la ciudad.



Es probable que el jefe de Gobierno ni se haya dado cuenta de que hay empleados con escasa ética en el Canal de la Ciudad. Tal vez, tampoco Macri lo haya advertido durante el tiempo en que estuvo al frente del gobierno porteño. Y que ese canal no está para hacer rating con caras conocidas, sino hacer docencia.

Pero ése es apenas un ejemplo. Otro caso paradigmático es el de Déborah de Corral, cara bonita, expareja de dos integrantes de Soda Stéreo, música y también cocinera. Una cocinera amateur que hace un programa de televisión ("Algo de mí"), en el que ni siquiera se la ve simpática.

Recordamos también cuando Fernando Trocca, cocinero que cada vez cocina menos, compartía cartel con Claudia Fontán en "Trocca a la Fontán". La actriz parece que sabe desempeñarse en la cocina, pero lejos está de ser una profesional.

Pero no solo tocan de oído los actores, sino que hoy en día vemos con espanto cómo no solo han cerrado medios periodísticos (sobre todo revistas del rubro), sino que los propios diarios de alcance nacional han entrado en liquidación.

Clarín dejó de editar "Ollas y Sartenes", dejando huérfanos a los lectores que seguían este suplemento desde muchas décadas atrás.

El diario creó Spot, un engendro en el cual deben convivir temas tan diversos como el cine y teatro, con la moda, la música y la gastronomía, en donde leemos notas vacuas y escritas por periodistas que no saben del tema, que fueron puestos ahí por sus jefes ante la falta de gente calificada en el tema. Ellos también tocan de oído aunque no quieran hacerlo.

Y haciendo un mea culpa, debemos decir que nuestro gremio atraviesa su peor momento. Cuando debiera existir una renovación generacional que esté a la altura de los que nos precedieron, lo que se observa es pura frivolidad y notas complacientes por doquier. La gastronomía es un rubro que se presta para ello, lamentablemente.

Es muy difícil reemplazar a Miguel Brascó, quien pese a su personalidad conflictiva, era un polifacético y carismático periodista, al que debemos considerar como un pionero de la prensa gastronómica argentina.

Así siquiera vamos a lograr acercarnos al nivel de algunos colegas que nos dejaron en los últimos años. Y eso se produce porque las propias empresas (llámese bodegas, restaurantes, empresas del rubro alimenticio) hacen prevalecer a los que escriben de manera complaciente y servil.

Muchos de ellos tocan de oído, también. Y ya sabemos que la comida entra por los cinco sentidos. Primero están el gusto, el olfato y la vista, y hasta el tacto si se quiere. Y más atrás viene la audición, por lo que tocar de oído es peligroso para el que se expresa sobre aquello que no sabe, como para el receptor del mensaje, que debe conformarse con un contenido superficial y a veces intencionado.

Sobre la falta de códigos nos referiremos en otra ocasión. Ése es otro problema grave que hoy atravesamos en el mundillo de la prensa gastronómica. 

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